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Para los que
acabamos de llegar, la Ciudad de Colima puede ser el arranque
radial que nos lleve a ser parte activa de cada uno de los
caminos que conducen a unos espacios bien diferentes dentro del
Estado. Si bien, antes de poner rumbo al horizonte se presta la
oportunidad de conocer los interesantes recovecos urbanos y
periféricos de esta acogedora urbe.
Sentados en
alguna de las animadas terrazas de los restaurantes, bajo los
soportales del céntrico zócalo de la ciudad, es el momento de
planificar nuestro próximo recorrido utilizando el mapa la
ciudad y del Estado como práctico mantel. Entre picosos
platillos de sopitos, antojitos, pozole, enchiladas y tatemado,
tendremos ya de frente a la Catedral y a un costado el Palacio
de Gobierno resguardando a las palmeras del Jardín de la
Libertad. Al ritmo del clásico son “Camino Real de Colima”,
cantado y tocado por alguno de los apuestos mariachis que
amenizan las tardes de feriado, nuestro dedo índice irá
rastreando el plano al encuentro de antiguos edificios y templos
coloniales hoy restaurados. Muchas de estas antiguas
edificaciones albergan museos, teatros y estudios de pintura,
muestra de un pasado y de un presente sublimes que bien merecen
conocerse. Así que llegó el momento de plegar el mapa y dar
impulso a los pies para hacer camino con los ojos bien abiertos
y no perder detalle.

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Pero, por si
las fuerzas flaquean, antes de poner rumbo al conocimiento
dejemos que alguno de los “tuberos” que pasean por la plaza
ajardinada nos ofrezca una popular “tuba”, natural o la que
lleva betabel con frutas y trocitos de cacahuete o almendra.
Esta dulce bebida es elaborada a base del aguamiel que la de
flor de coco destila, para ello, los tuberos colimenses, al
amanecer o al atardecer, trepan por los altos troncos de palmera
a cortar la flor de la que escurre la preciada miel. Además de
refrescante y buen sabor, dicen, cura ciertas dolencias.
Arduo pero
agradecido es el didáctico paseo que el mapa turístico de la
ciudad propone, puerta tras puerta, cada visita es una muestra
del acopio de enseñanzas tradicionales que los colimenses
guardan y veneran. Pero no todo se atesora en nobles interiores,
de irrenunciable invitación es cualquier calle ataviada con
escaparates de originales artículos; o los jardines que
resuenan al compás del agua de las fuentes y de la Banda de
Música del Estado; o los paseos por los andadores peatonales,
donde echar un ratito viendo como los pintores empapan sus
lienzos de los colores de Colima. Y sin olvidar el popular
mercado de la ciudad, fiel recopilación de productos
autóctonos en puestos de frutas tropicales, de dulces, de
café, de cerámicas, de forja, de textiles y los de inevitable
parada por el aroma que despiden los platillos de tamales, de
menudo sazonado con hierbabuena o de sope gordo, entre otros.

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En muchos de los edificios
que estamos visitando, llama la atención la ubicación de
carteles bajo contrafuertes o pasillos en los que puede leerse:
“En caso de sismo sitúese aquí” o “Ruta de evacuación”.
Así es, la historia telúrica de Colima nos recuerda que la
ciudad a veces se mueve agitada por las fuerzas que confluyen
bajo su suelo, y cuya principal manifestación es la permanente
actividad del coloso que preside cualquier perspectiva de la
ciudad, el Volcán de Fuego. Estas sacudidas o acomodos de la
corteza terrestre, hacen de Colima y sus alrededores claro
ejemplo de obligada relación entre hombre y fuerzas de la
naturaleza a lo largo de los tiempos, como demuestran las zonas
arqueológicas localizadas en la propia ciudad. Actualmente, son
los científicos los encargados de tomar el pulso a esta
porción de tierra, para que colimenses y visitantes duerman a
pierna suelta, sin miedo a que su cama se mueva agitada por los
ronquidos del volcán.
Continúa
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