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Atrapado
entre el eterno oleaje del Océano Pacífico y el hondo respirar
del centro de la tierra a través de sus volcanes, el Estado de
Colima se antoja como síntesis de dispares espacios naturales
cuyos extremos llegan a juntarse sin miramientos. Desde sus
tierras altas, despuntadas por la silueta humeante del Volcán
de Fuego y del vecino Nevado de Colima, que parecen verterse
hasta las costas de su litoral, pasando por sus abigarrados
valles, sus áridas quebradas, sus tranquilas lagunas de origen
volcánico y sus profusos estuarios selváticos. Son espacios
agrestes y delicados, armoniosos y estridentes, cargados de vida
salvaje y de un pasado humano narrado por los vestigios de
antiguos y prósperos asentamientos. De norte a sur, Colima es
la suma de tantos espacios naturales, humanos y culturales, que
al viajero no le será difícil sumergirse en el cálido devenir
cotidiano de sus gentes y en la variada oferta de actividades
que al aire libre pueden disfrutarse.

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El firme
tesón de los colimenses ha conseguido rescatar del olvido las
edades de su apasionante pasado, las que precedieron a la
ocupación española y las de su historia contemporánea.
Gracias a esta perseverancia por mantener latente su identidad
fortalecen, sin reparo al siglo XXI, las tradiciones enseñadas
por los abuelos de sus abuelos. Fiestas, folclore y gastronomía
atesoran una riqueza cultural apasionante, de la que es
privilegio ser partícipe testigo. Las huellas del pasado
colonial en los pueblos de Colima mantienen ese acercamiento
forzado entre dos mundos que hoy no deja de sorprender cuando se
asiste a sus festejos religiosos. Testigos mudos son las
arquitecturas de iglesias y de viejos caserones, de gruesas
paredes de piedra y adobe, de patios repletos de flores con
fuente central, de corredores de columnas, de ventanales de reja
de forja y de tejados de teja de barro, que consiguen
transportar al visitante a un intenso ayer. De igual forma
sucede al visitar las recuperadas haciendas cafetaleras y de
caña, que hoy son preciado alojamiento rural para el forastero.

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Tierra de
creativos, las manos de los colimenses han dado estilo y fama a
diferentes formas de arte popular, creando escuelas de artistas
y artesanos reconocidos en otros continentes. Museos, talleres,
teatros, pinacotecas... conservan el arte que fue y crean lo que
pronto será. El detalle y el buen gusto se engarzan esquina
tras esquina y pueblo tras pueblo provocando un continuo girar
de cabeza a los recién llegados. Lugar y trato especial se
dedica a lo que fue el gran Señorío de Coliman, a los sitios
arqueológicos de estructuras piramidales y a los enterramientos
que albergaron a los muertos. Aquellos pueblos pretéritos,
comunidades agrícolas y guerreras, que se asentaron en las
riveras de los ríos, en los valles, bajo las faldas de los
volcanes y en la costa, supieron desarrollar cultura y vida en
una geografía desmesurada.

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Merecido
tributo a su recuerdo, son los estudios llevados a cabo por
equipos de arqueólogos que han datado en cerca de 4.000 años
algunas piezas encontradas, es el caso de la cultura La Capacha,
la más antigua estudiada hasta la fecha sobre suelo colimense.
En su
conjunto, el polifacético Estado de Colima, es mucho más que
un clásico destino turístico, Colima se presenta desbordante
sobre el mapa de la multidiversidad geográfica de México, como
un completo compendio capaz de saciar el instinto de todo
viajero ávido de conocimiento y, sobre todo, de acción...
Continúa
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