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Sumario

Introducción
Coimbra
Portugal en miniatura
El jardín de los amantes medievales
Las ruinas romanas más importantes del país
Jugoso lechón en Bairrada
El palacio del último rey luso
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Parada en el Centro de Portugal

Texto y Fotografías: José Luis Lago García

 
 Palacio de Bussaco: 
 El bosque de caza del último monarca de Portugal
 
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© José Luis Lago

Cuando se llega al bosque de Bussaco parece que se entre en otro mundo. Un impresionante jardín botánico, en el que se distribuyen cientos de especies vegetales procedentes de todas las partes del mundo, invitan a realizar paseos y disfrutar de un edén exótico. En el centro de este vergel de 105 hectáreas, se levanta el lujoso hotel Palacio de Bussaco, otro sueño casi divino, en este caso arquitectónico. Una obra de arte del diseño que supera el concepto de hospedaje fastuoso para convertirse en un monumento venerado y cuyo exterior es visitado de forma masiva. Sueño delicado en piedra en el que se duerme como un rey, como el último monarca luso, que mandó construir este edificio. Eso sí, la estancia está al alcance de carteras solventes.

A finales del siglo XIX, el último rey de Portugal, Manuel II, pensó que en el increíble bosque de Bussaco podría construir una fastuosa mansión en la que poder cazar y pasar los veranos. Se contrataron a prestigiosos arquitectos y se utilizaron diseños manuelinos, un arte ornamental portugués en el que los arcos y las estructuras se decoran con filigranas delicadas. En este estilo decorativo, la piedra se trabaja con increíble laboriosidad, consiguiendo una decoración cuando menos exuberante en los detalles.

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Antes de construir el fastuoso hotel, en el lugar había un convento de los Carmelitas de varios siglos de antigüedad. Este viejo templo medieval sirvió en 1888 de base para construir este peculiar edificio, diseñado en un estilo que se bautizó como "neopoliestilístico", en una época dominada por el romanticismo portugués y en las postrimerías del exhubernante arte arquitectónico denominado Manuelino.

Entre las formas del Palace, se descubren inspiraciones de la famosa Torre de Belém y los pilares del claustro del monasterio de los Jerónimos de Lisboa. Estos símiles, no impiden que este edificio tenga un carácter propio, un sello personal impregnado del prestigioso arquitecto italiano Luigi Manini, vanguardista artista que, además, era escenógrafo de la Ópera Nacional de S. Carlos de Lisboa.

En las galerías exteriores, accesibles a la vista desde el exterior, la luz se entremezcla con las columnas de las galerías, ornamentadas en armonía con figuritas y formas que invitan a detenerse a su contemplación en pausa, mientras se respira del pulmón verde del bosque que lo rodea.

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© José Luis Lago

Todo un capricho para el rey, con amplios ventanales, románticos vestíbulos y paredes decoradas con enormes azulejos en los que se dibujan escenas épicas del país, como la lucha contra los franceses, los marinos que se lanzaron a conquistar otros mundos o las batallas contra los árabes.

Saliendo al exterior, el derroche decorativo no desmerece, adornando los pasillos de las galerías con más escenas en azulejos, inspiradas en capítulos de la literatura y personajes mitológicos.

Prestigiosos pintores decoran todos los ángulos, incluso frescos en las paredes, como dibujos del último Gobernador de la India o el gran héroe nacional, el navegante y descubridor Vasco de Gama, que es como nuestro Cristóbal Colón en la historia lusa. En el adorno interior, no se escatimaron muebles traídos de otros continentes, realizados con maderas exóticas, que recuerdan el glorioso pasado colonial.

Estas estancias reales no las disfrutó el monarca durante mucho tiempo. Poco después de acabar las obras se proclamó la República y el palacio pasó a convertirse en un hotel de lujo. De un capricho real se pasó a un placer más universal, accesible a aquel que puede pagar un establecimiento de 5 estrellas, pero que sin duda supone una estancia única e irrepetible en un marco exquisito y que supone toda una seña de identidad del paso por Portugal.

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© José Luis Lago

Turistas nacionales y extranjeros paran en el exterior para contemplar este fastuoso establecimiento que recuerda un pasado esplendoroso, admirando el exterior del edificio y soñando con dormir en sus reales dependencias.

Por la parte de atrás, un jardín de setos de poca altura recuerda un pequeño Versalles y en un estanque pasan el tiempo unos cisnes, aguantando estoicamente la visita de turistas que se fotografían junto a ellos, cuya esbelta silueta contrasta con la un poderoso frente del palacio y sus afilados picos que apuntan hacia el cielo.

Las instalaciones se pueden visitar desde el exterior, en un relajado paseo, incluso se permite el acceso a parte del vestíbulo del hotel, donde se verán los mosaicos de azulejos y los frescos en las paredes, eso sí, entrando con decoro y respeto. El hotel está situado en el centro del bosque y junto a éste se puede se ubica el convento de los Carmelitas, que también se puede visitar.

Cuando hicimos el viaje en esta ruta, pasamos una noche primaveral en este hotel que, contra lo que se pueda pensar, no pertenece a la red de Pousadas (edificios con encanto o históricos de Portugal) Aunque es de gestión privada, se podría comparar a uno de nuestros mejores paradores españoles y, os aseguramos, es todo un placer disfrutar desde la ventana del silencio del bosque, de su aroma a clorofila, perfumes de hojas de todo el mundo, una quietud solamente perturbado por los pájaros y otros habitantes de la noche. Sonidos misteriosos y desconocidos que llegan desde este vergel exótico hasta nuestra enorme ventana de nuestra enorme habitación, donde preside en el alto techo una enorme lámpara.


Un bosque divino plantado por frailes eremitas

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© José Luis Lago

La historia del bosque de Bussaco no comienza con las obras de remodelación de un antiguo monasterio que promovió este rey caprichoso. El origen de este bosque se remonta a muchos siglos antes y tiene su principio en 1628, por la gracia divina de los Carmelitas Descalzos que pensaron que en esta sierra se podría crear un paraíso terrenal en el que meditar, un edén natural en el que llevar una vida de contemplación y acercamiento a Dios.

Plantaron árboles de especies foráneas para protegerlas y amarlas. Buscaban crear un extenso templo natural formado por las cúpulas de las frondosas copas de los árboles. En este bosque, situado junto al Atlántico, convive un arbolado que más bien parece una torre de Babel vegetal, con más de setecientas especies, algunas de procedencia tan dispar como Australia o el Himalaya.

Un lugar santo cuya divinidad traspasó fronteras: el propio Papa Urbano VIII sentencia que todo aquel que ose dañar un solo árbol o vegetal del Bosque de Bussaco, será excomulgado. Un larguísimo muro de más de cinco kilómetros sigue protegiendo el bosque de foráneos y el acceso por cualquiera de las siete puertas estaba prohibido a las mujeres.

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© José Luis Lago

Un paseo por este bosque se convierte en un recorrido por un océano de árboles y plantas raras, troncos centenarios cansados del paso del tiempo, y una explosión de matices verdes que inundan los sentidos.

Una agradable ruta en compañía de los suaves rumores del agua, corrientes que desfilan entre fuentes y riachuelos, como la cascada de agua conocida como Fonte Fría, donde casi 150 peldaños de piedra suben por la colina, mientras el agua se canaliza en niveles por la pendiente. Junto a la fuente hay un merendero y un pequeño aparcamiento.


Ermitas entre las espesuras

No te vayas del bosque sin realizar una ruta por las 20 pequeñas ermitas en las que se refugiaban los mojes para meditar. Es una de las principales rutas que parten desde el palacio, el camino que lleva hasta la puerta conocida como de Coimbra, desde donde se contempla una impresionante vista.

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© José Luis Lago

En cada una de estas casitas de piedra hay una escena de la pasión y calvario de Cristo. Unos cuadros escultóricos con figuras a tamaño natural en barro que solamente se pueden ver a través de una pequeña reja en las puertas.

Sin duda, lo mejor de este parque es pasear y perderse sin rumbo por este derroche de árboles y helechos de todo el mundo, muchos de ellos procedentes de las antiguas colonias portuguesas de América, Asia y África.

El recorrido invita a agudizar los sentidos de la vista y del olfato, mientras se recorre un espacio natural único e irrepetible, ambientado con las sinfonías de distintas aves, sigilosas entre las ramas, cuyos trinos nos acompañan en nuestra caminata.

Antes de abandonar el bosque de Bussaco puedes ir a visitar un museo Militar en el que se muestran objetos relacionados con la gran victoria que se produjo en 1810 de las tropas luso-británicas sobre los soldados franceses de Napoleón. Esta derrota francesa, producida en los valles próximos de Bussaco supuso el inicio de del declive del poderoso imperio Napoleónico.

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© José Luis Lago

En el museo podrás ver trajes auténticos de los soldados, pistolas de aquella épica batalla, bolas de cañón, sables, imágenes de los luchas, maquetas, uniformes... todo lo que te puedas imaginar relacionado con este conflicto con piezas auténticas, rescatadas del propio campo de batalla. Una visita que no deja indiferente, incluso a los anti belicistas, ya supone un museo vivo e histórico de los absurdos conflictos en los que nos empeñamos en sufrir los humanos. Tras el recorrido, habrás contemplado otra concepción de la guerra, sin aviones Harrier o inmensos portaviones hacia el golfo Pérsico, un duelo cuerpo a cuerpo.


Termas donde relajarse

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© José Luis Lago

Sin dejar la zona, bajamos a Luso, el pueblo principal más próximo al bosque. Esta localidad es famosa por las cualidades terapéuticas de sus aguas, donde hay un conocido balneario para descansar y relajarse con la acción beneficiosa de estas fuentes de la que manan aguas indicadas para varios tipos de dolencias. Si piensas que tienes una salud de hierro, seguro que encontrarás alguna solución en este balneario, por ejemplo aliviar el inevitable estrés que invade a nuestra sociedad.

En la plaza central de Luso hay una fuente pública, la de San Joao, en cuyos caños hay colas para llenar enormes garrafas de agua para llevar a casa, ¿será este chorro un secreto para alargar la salud?

Continúa


 

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