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En los años
sesenta, con la aparición de los hippies y de los demás
movimientos de lucha y denuncia social encabezados por jóvenes,
surgieron nuevos sistemas de protesta pacífica y modos de vida
alternativa, principalmente en Norteamérica para denunciar las
guerras del Sudeste Asiático. Muchos se dejaron el pelo largo,
se hicieron vegetarianos y seguían las consignas de una música
que marcó una época y varias generaciones. La mayoría
abandonaron las ciudades y buscaron lugares para vivir en
comunidades propias donde la leyes de la naturaleza fuesen la
principal fuente de inspiración para cada momento de su vida. Y
en algunas ciudades del centro de Europa, donde la tradición
ciclista existía desde hacía muchos años, algunos jóvenes,
sobre todo alemanes -que además son los más viajeros-, se
sentaron en una bicicleta y decidieron recorrer el mundo
mostrando su rebeldía con esa manera de vivir.
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Lo mejor de
todo es que el cicloturismo está naciendo a cada momento, que
cada día hay alguien que se sienta por primera vez en una
bicicleta con alforjas y no vuelve por la noche a casa. Por eso
es muy difícil hablar del origen del cicloturismo cuando
todavía hay personas que no saben que dentro de poco se van a
convertir en cicloturistas. Es imposible señalar la fecha
exacta del nacimiento del cicloturismo. Pero seguro que seguirá
existiendo mientras haya personas que añoren un momento de
libertad.
Algunas
citas…
“Hice esto
y muchas cosas más. Y dondequiera que iba, a cualquier sitio
que llegaba, la gente mostraba un vivo interés, nuevo para mí,
por el ciclismo. La verdad es que todos eran muy amables.
Evidentemente, en las Dolomitas, un ciclista era considerado una
personalidad. Aunque fuera con la bicicleta del abuelo. Uno de
ellos me preguntó que para qué carrera me entrenaba (...)
Y la imagen
de aquel jardín encantado se fue haciendo más nítida, con sus
grandes piedras coloreadas, sus formaciones fantásticas, sus
caprichos sin límites. Las Dolomitas, descubiertas y
conquistadas en bicicleta. Y la aventura siempre nueva de la
mirada que se alarga hacia el otro lado del puerto, a la otra
vertiente. La aventura de aquel momento, conseguido después de
horas de esfuerzos agotadores.
Pero quien
ama la aventura no retrocede ante el cansancio, porque evitando
éste perdería aquella. !Una sensación maravillosa, la de
descender después por la otra vertiente, libres como los
pájaros, sin ningún motor, saboreando el viento embriagador
del descenso, una curva tras otra! Una alegría tanto más
intensa cuanto mayor había sido la fatiga para subir por el
otro lado. También el ciclista tiene su "por qué",
igual que el alpinista. Y ninguno de los dos sabe explicarlo”.
“Entre
cero y ocho mil metros”
Kurt
Diemberger
Continúa
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