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Mientras
subo cuestas interminables en cualquier montaña del mundo, esas
culebras de asfalto o tierra que me torturan la mente hasta que
pienso en bajar de la bicicleta rendido por haber elegido una
actividad tan dura, recuerdo un día en el Atlas marroquí
cuando escuché por primera vez el grito de las mujeres
bereberes durante toda la ascensión a uno de aquellos
fascinantes puertos. El agudo sonido de sus gargantas
estremecía el corazón de las montañas como los cánticos
sagrados de los fieles dentro de un templo para empaparse del
divino poder de sus dioses. Antes de comenzar la bajada por el
otro lado de la montaña miré aquel valle por última vez y con
el brazo en alto grité al aire lo más fuerte que pude para dar
las gracias a todas aquellas mujeres del Atlas por
llevarme hasta las puertas del cielo. Cicloturismo es pasión.
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Otro buen
recuerdo fue la noche que pasamos tres amigos en el pórtico de
la iglesia del monasterio de Irache, en el Camino de Santiago.
Uno de los tres cicloperegrinos descubrió en aquella larga y
fría noche, que el cuerpo es simplemente un débil cascarón
para proteger los deseos, y el poder de la mente es el
auténtico alimento para llegar al final de todos los caminos. Cicloturismo
es conocimiento interior.
Podría
seguir relatando situaciones en las que mi vida ha estado a
punto de desaparecer, donde era consciente de encontrarme muy
cerca del límite, cuando empiezas a perder el control de lo que
sucede y parece que se va a apagar la luz para siempre. Esos
momentos que generan sensaciones realmente nuevas e
impresionantes, y todos tienen en común que surgen
inesperadamente mientras estoy desarrollando una actividad
deportiva sin principio ni fin. Cicloturismo es libertad.
No obstante,
es posible que para llegar a vivir momentos en los que la
adrenalina se salga por las orejas o descubrir la auténtica
pureza de un instante no es totalmente necesario ser deportista,
pero sí ser libre. Lo fundamental es tener plena capacidad de
arriesgarlo todo, y mientras viajamos en bicicleta estamos tan
atentos al ambiente que nos rodea que la excitación es máxima.
Cicloturismo es diversión.
Una persona
que de pronto se convierte en vegetariano radical; un ejecutivo
que quema todos sus trajes y se marcha a vivir a las montañas
de Cachemira a buscar el Nirvana; un camarero que se cansa de su
jefe y monta su propio restaurante. Lo importante para vivir una
aventura es decir “no” a lo que nos fastidia, arriesgar todo
lo que se pueda y comenzar a vivir ese nuevo camino hasta las
últimas consecuencias, hasta el límite. Comenzar un viaje
cicloturista es empezar a ver el mundo desde otro lado, desde el
lado de nuestro destino. Cicloturismo
es rebeldía.
Seguramente,
los seres humanos tenemos tendencia al suicidio emocional y de
vez en cuando debemos llevar a cabo alguno de nuestros grandes
sueños para asegurarnos que vivir merece la pena. Por eso los
buenos aventureros, igual que los buenos cicloviajeros o los
escaladores, no son los que arriesgan y se caen, sino los que se
asoman, disfrutan el delirio de la locura por sobrevivir y
siguen su camino sin preocuparse demasiado del futuro, porque
saben que llegarán más situaciones emocionantes.
Cicloturismo es disfrutar plenamente de la vida.
Continúa
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