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Una vez me
asaltaron a mano armada unos bandidos en el norte de Tailandia
en pleno día y se llevaron todo lo que llevaba, incluida la
bicicleta. Sentí tanto miedo viendo aquellas armas delante del
pecho pensando que apretarían el gatillo que las piernas no
pudieron sujetarme de pie. Cicloturismo es miedo.
Mientras
recorría en bicicleta la selva del Amazonas brasileño dormía
cada noche hundido en el lodo y pedaleaba untado completamente
del fango asqueroso de los pantanos para evitar las picaduras de
los insectos, y a pesar de todo sufrí las consecuencias de un
brote de malaria agravado por problemas hepáticos al beber agua
en mal estado. Cicloturismo es sufrimiento.
En una
ocasión perdí el buen rumbo en el desierto del Sahara a causa
de una tormenta de arena que se tragó totalmente las balizas
del camino de tierra y estuve tres días sin agua ni comida. Cicloturismo
es desesperación.
Un atardecer
en el desierto australiano monté la tienda sobre una madriguera
de escorpiones que, por supuesto, invadieron la pequeña casa de
plástico donde tenía previsto dormir. Fue una de las noches
más largas de aquel viaje. Cicloturismo es pánico.
El accidente
más grave y espectacular que he sufrido viajando en bicicleta
fue en el norte de la India, cuando choqué contra un autobús
de pasajeros. Los destrozos del equipaje y la bici los reparé
pronto, pero el brazo y la pierna tardaron bastantes días en
estar listos para seguir pedaleando. Cicloturismo es riesgo.
Uno de los
mejores amaneceres que recuerdo durmiendo junto a una bicicleta
con alforjas fue en mi primer viaje cicloturista por las
geografías de Cazorla, en Jaén. Era una helada mañana de
primavera y al abrir los ojos descubrí a mi lado un enorme
ciervo olfateando la hierba. Hasta que el animal se asustó y
desapareció en el bosque creía que estaba dentro de un sueño
porque nunca había sentido tan fuerte el poder de la
naturaleza. Cicloturismo es vida salvaje.
Continúa
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