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Introducción
Querida María
San Cristóbal, El Pueblo y su Gente
Mi Amiga Guadalupe
Las Aguas de Chiapas
La Artesanía de Chiapas
La Vuelta a Casa

Recorrido Propuesto

Guía Práctica

CHIAPAS
NATURALEZA INSURGENTE

Indígenas ofreciendo al visitante sus bordados   © Victoria Sánchez
La Artesanía de Chiapas
Pero ahora te propongo volver a la horizontal y cambiar de rumbo tomando, desde San Cristóbal, dirección Sudeste. Primero por Amateanango, que es un pequeño pueblo de alfareros conocidos por sus elaboradas piezas de barro que moldean a mano y luego cuecen lentamente a cielo abierto. Y después, siguiendo el episodio de la independencia de Chiapas respecto a España que fue firmado en la cercana ciudad de Comitán, alegre población en la que se pueden alquilar paseos en avioneta, que ofrecen la posibilidad de admirar como el paisaje del arrugado cuero chiapaneco se transforma en todo ventanilla desde las alturas. Un ejemplo es la cuenca lacustre de los lagos de Montebello, en ella se estancan 58 lagos que forman una cadena de antiguos cenotes engarzados por la erosión de ríos subterráneos, que también ha dado lugar a excepcionales grutas de fácil acceso. A través de pistas y senderos se alcanzan las orillas de algunas de ellas, escondidas bajo la espesura de frondosos bosques de coníferas. En los aledaños de este acuífero, sobre lo alto de una colina, se sitúan las solitarias ruinas de Chinkultik, presididas por una pirámide escalonada de grandes bloques ensamblados sin argamasa, a cuyo costado y en caída vertical se abre el Cenote Azul, a cuyo fondo se lanzaban ofrendas en mágicos rituales. Además del interés arqueológico, desde este fenomenal mirador se divisan cinco lagunas, que a la caída del sol se transforman en brillantes espejos gracias a la refracción de la luz sobre las aguas. Un interesante lugar en el que descansar y reponer fuerzas con un buen jarrón de "agua de chía" es el cercano Parador Museo de Santa María, ambientado al estilo de finales de siglo. Te aseguro que si te quedas un par de noches no querrás volver al siglo XXI.

Siguiendo en dirección a la vecina Guatemala, se puede abrir una de las puertas de acceso a la Selva Lacandona que en un pasado cubrió más de un millón de hectáreas, y que fue el asiento y sustento de los mayas lacandones. Hasta Amatitlán por carretera y luego en lancha por el río Jatate se llega hasta Ejido Zapata, hospitalario municipio, desde donde arranca una corta caminata que conduce a las orillas de la Laguna Miramar, joya escondida en la espesura junto a otras quince lagunas menores que aloja la selva. Su nombre original fue Lago Lacan-Tún que significa "piedra grande rodeada de agua", en alusión a la isla que domina la laguna. Acampar en las riberas observando su fauna y flora, y salir a remar en cayuco en busca de testimonios arqueológicos como el Peñón mano pintada o la Cueva del mono bien merecen unos días de dedicación. En San Cristóbal puedes contactar con alguna empresa de ecoturismo comunitario y contratar los servicios necesarios para internarte en Lacandona, generando con tu visita recursos que ayudarán a la conservación de la selva y sus pobladores.

Artesana tejiendo con un telar de cintura   © Victoria Sánchez
La vertiente norte de la Selva Lacandona tiene otra puerta de entrada por la ciudad de Ocosingo, es la más utilizada actualmente, y es de donde partieron las expediciones españolas que tras varios intentos consiguieron aniquilar a los "indómitos" indios lacandones, de los que actualmente solo perduran tres comunidades descendientes de aquellos. Muy cerca, en la montaña sagrada de Toniná, se levanta una ciudadela encaramada en un cerro que domina todo el valle, ordenada en enigmáticas estructuras que hablan de la civilización maya por boca de inscripciones en estuco y piedra. Comprobarás que adentrarse en este océano de clorofila selvático es entrar a formar parte del reino del silencio, tan solo roto por el canto de aves y los aullidos de monos. En medio de es esta conspiración natural numerosos asentamientos indígenas ofrecen la ocasión de realizar una cura de humildad y aprender de su esforzado vivir, comprometido desde siempre a luchar por su subsistencia y la conservación de este entorno natural cada vez más hostigado. Una incursión en la selva ofrece sugerentes alternativas con las que saciar los diferentes tipos de instinto viajero. Caminatas a pie o a caballo acampando en hospitalarias comunidades indígenas o navegar por sus avenidas fluviales son algunas sugerencias. Otra interesante forma de acariciar este inmenso bosque tropical es embarcarse a través del fronterizo río Usmacinta, el más caudaloso de México y el más largo de América central. Es la principal arteria de este gran corazón salvaje que te acercará, escoltada por alborotadores tucanes y guacamayas, a recónditos sitios arqueológicos. Es el caso de la ciudad de Yaxchilán, perdida en mitad de la jungla y estrujada por una densa vegetación, que fue erigida en la península formada por un meandro del río que los mayas supieron aprovechar. Pasear entre soberbios edificios, plazas y juegos de pelota, intentando interpretar infinidad de repujados jeroglíficos tallados en roca con escenas del momento, produce una congoja especial. Otra ciudad perdida en la profundidad de la selva es Bonanpak o "Lugar donde se levantan esculturas de piedra en honor al tiempo". Todavía poco explorada, Bonampak es una muestra del entorno natural con el que los mayas vivieron en perfecta armonía, preservando sus recursos, y que denota un conocimiento muy avanzado del engranaje celeste. Un almacén de sabiduría se registra en sus petroglifos y artísticas escenas pictóricas que muestran secuencias de la época. Como ves, no es poco lo que la Selva Lacandona regala al visitante, el secreto mejor guardado de la geografía mexicana no te dejará indiferente...


 

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