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Un curioso
personaje se acercó hasta nosotros cuando cenábamos en el
campamento. Le llamaban Fader y en el mismo momento, me
di cuenta que era nuestro hombre. Entablé conversación con él
a través de los traductores, como si le conociera de toda la
vida. Relataba tremendos acontecimientos de luchas y venganzas
que concordaban perfectamente con lo que antes había leído en
los manuales de antropología y crónicas de viajes. Su rostro
es oscuro, no se distingue demasiado de las sombras del
anochecer. Finalmente confesó avergonzado que él era un
antiguo antropófago al que no le gustaba la batalla contra sus
semejantes y en una incursión misionera dos años antes,
aprovecho la ocasión para marcharse hacia una vida más
cómoda.
Tomó el
liderazgo del poblado de la explanada que los misioneros le
habían encomendado antes de irse, pues la misión más cercana
estaba a 50 kilómetros río abajo. Fader me explicaba como las
mujeres de su antigua tribu habitualmente asesinaban a su primer
hijo y lo aplastaban contra una roca junto al río. Después se
ofrecía el cadáver a los cerdos para que ningún resto del
mismo quedara sobre la roca; ello acercaría a los espíritus
malignos que podrían traer desgracias al pueblo.
A
continuación la madre amamantaba un cochinito a sus pechos
durante un año y cuando había demostrado que era una buena
madre, la tribu le concedía el permiso para tener su siguiente
hijo y criarle convenientemente. También me contaba como su
pueblo luchaba contra los vecinos para solucionar algunas
venganzas de hechos pasados, por los cuales había que
exterminar a los causantes hasta la muerte, y después cortarles
la cabeza para que el jefe del clan se coma los sesos del
fallecido.
El resto de
la tribu, incluidos mujeres y niños, se dividirían el cuerpo
previamente para cocinarlo al fuego de la hoguera. Según sus
creencias, el hombre nunca fallece de muerte natural, sino que
un espíritu enviado por cualquier enemigo con el que tenga
problemas de territorio, animales o mujeres entre otros, le
provocará un maleficio que conlleve la muerte. Esa
circunstancia es la que hay que vengar individual o
colectivamente. Y de ahí precisamente vienen las famosas
cacerías humanas y orgías de sangre que atormentaron a Cook y
a otros exploradores que vinieron a la zona.
Los hombres
duermen sobre las calaveras de sus enemigos en algunas
ocasiones, lo cual resulta un tanto sorprendente. Pero no
podíamos conversar más tiempo porque deberíamos madrugar al
día siguiente para que Fader, junto a cuatro porteadores nos
llevara a su antiguo poblado. Al alba, ya estábamos en pie con
nuestros ligeros equipos de supervivencia, listos para afrontar
la mayor aventura de mi vida. Como única arma de defensa, una
antigua pistola con bengalas de salvamento. Jornadas de doce
horas caminando sobre troncos de la encharcada selva virgen y
con un calor sofocante debilitaban nuestros cuerpos.
Continúa
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