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Tras reponer
energía, decidimos emprender viaje río arriba acompañados por
un par de porteadores locales. Antes tuvimos alguna
conversación con misioneros que allí habitan, -es verdad que
existen pueblos desconocidos próximos a las étnias kombais y
korowais en la región y además son muy hostiles, tened
cuidado- aseveraba un misionero holandés. El único policía de
la zona al que pedimos información y ayuda, también se excusó
para no acompañarnos, aunque aconsejaba el portar armas durante
todo nuestro recorrido.
Casi de
madrugada salimos en dirección norte en una gran piragua a
motor fabricada en el interior de un tronco de árbol. Tumbados
sobre su fondo descansábamos y evitábamos el tremendo calor
del medio día. Durante dos días no vimos a nadie, tan sólo,
algunas casas abandonadas construidas en los árboles a más de
20 metros de altura. Me habían dicho en una ocasión que eran
para protegerse de sus enemigos entre los que está también el
mosquito de la malaria.
Por fin
llegamos a una gran explanada situada entre ríos. Hay casas de
madera sobre el suelo edificadas por indígenas semicivilizados.
Unas veinte familias viven allí; eran antiguos salvajes que
habían decidido abandonar la durísima vida nómada de
cazadores y antropófagos para asentarse en un campamento
estable y protegido de los permanentes conflictos que mantienen
entre clanes familiares próximos. Estos se encuentran a varios
días de caminata por encima de troncos y lianas que flotan
sobre los selváticos pantanos al otro lado de la línea
imaginaria de pacificación.
La línea es
simbólica y fue establecida por el gobierno indonesio con el
fin de delimitar el territorio como lo hicieron nuestros
antepasados con Non Plus Ultra -no más allá-territorio
desconocido. Después de esa línea, todos seríamos enemigos
ante los indígenas que encontráramos en nuestro camino.
Continúa
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