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A parte del
éxito que habíamos prometido antes de salir de España frente
al presidente honorífico de la expedición, el alcalde de
Madrid y los medios de comunicación, yo había sacado una
conclusión definitiva de este viaje: al otro lado de estas
montañas, según me confirmaban algunos danis- existen tribus
caníbales que viven en los árboles y que habitan en las zonas
bajas inundadas por el agua.
Son muy
hostiles y un tanto desconocidas para ellos e incluso para otras
tribus limítrofes; habían guerreado con sus antepasados y
hasta tuvieron algún encontronazo con los presentes. Existen
leyendas trasmitidas de boca en boca que hablaban de un hombre
que tenía más de quinientos cráneos procedentes de las
cabezas cortadas a sus enemigos. Un año fue suficiente para
preparar una nueva expedición a esas tierras vírgenes de las
que tanto me habían hablado.
A primeros
de Septiembre de 1995 nuestra expedición compuesta por César
Pérez de Tudela, Jorge Alfaro, gran parapentista español y un
servidor es despedida por S.A.R El Príncipe de Asturias y el
Presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruíz Gallardón,
ante una gran expectación de más de cien medios de
comunicación. Nuestro patrocinador Old Spice había
confiado de nuevo en nosotros. Durante dos días de jornadas
interminables de aviones, llegamos a nuestra base de operaciones
que, esta vez, la habíamos decidido establecer en la mítica
isla de Borneo.
Yo había
estado en dos ocasiones anteriores conviviendo con las fieras
tribus Dayaks en la región de los orangutanes. Pero
ahora pretendíamos adaptarnos a estas latitudes de calor y
mosquitos; para ello decidimos subir la cumbre más alta entre
los Himalayas y los Andes: la montaña sagrada del Kinabalu y
después ser los primeros en bajarla en parapente. Una vez
conseguido el objetivo y bautizados como los ángeles del
Kinabalu, bien aclimatados durante algunas semanas, llegamos
al paraíso infernal de Irian Jaya.
Esta
expedición sería distinta a todas las anteriores. Ahora no
subiríamos montañas, ni tendríamos a nuestros danis para
ayudarnos aunque sí tendríamos malaria, calor, agua y lodo. Y
sobre todo un enorme desconocimiento de un territorio del que
aún no existen mapas. Mientras sobrevolábamos impresionantes
selvas pantanosas en una pequeña avioneta misionera, mis
compañeros y yo estábamos acongojados por la dificultad del
terreno.
Nadie puede
imaginar la hostilidad de la naturaleza a ser penetrada por el
viajero que aquí se ofrece. Finalmente, llegamos a una pequeña
pista de barro enclavada en uno de los poblados del sur de
Irian. Nuestro agotamiento a causa de tantas jornadas de viaje
nos hace tomar un merecido descanso en Sengo, último núcleo
civilizado y de único acceso por aire. Allá, un par de
misiones y unas cuantas familias sobreviven. También hay un
policía que mantiene el orden entre los indígenas de la zona.
Es
territorio Asmat y aquí desapareció en 1961 Michell
Rockefeller cuando pretendía hacer un reportaje junto a
cuatro compañeros. Muchas teorías existen al respecto de su
desaparición como los cocodrilos, el canibalismo, o quizás
ahogado por las altísimas mareas de más de seis metros que
cada día inundan el suelo firme. El caso es que sólo se
encontró de él las botas, las gafas y su sombrero. Nuestra
estancia en Sengo no es agradable; no tenemos equipo suficiente
al extraviarse el ochenta por ciento del mismo en un aeropuerto
intermedio de nuestro trayecto; tampoco demasiada comida.
Continúa
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