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La tarde ha
caído y, del mismo modo que otras tardes, durante varias
semanas en diferentes poblados danis, todo el mundo en
los poblados hace gala de su enorme hospitalidad cuando me
cuentan delante del fuego como batallan contra sus enemigos y
les derrotan hasta la muerte. El humo dentro de las chozas es
inaguantable y por ello decido para protegerme de la lluvia,
dormir bajo un techo fabricado con hojas de palmera pero sin
pared alguna. Poco a poco, iba yo penetrando en la mentalidad de
aquellos salvajes y me incorporaba a su sociedad primitiva. Pero
aún me quedaba mucho que aprender.
Mí regreso
a España supone un fuerte contraste psicológico ya que acabo
de pasar de la más pura naturaleza a la más estricta
civilización. Muchos siglos de historia separados por tan sólo
unas cuantas horas de vuelo. Las contradicciones y la falta de
sentido que muestra mí sociedad teóricamente más
desarrollada, me impulsan a seguir manteniendo contacto con este
bien llamado "último paraíso". La sociedad moderna
está en camino de olvidar todas las formas de vida que no sean
la suya propia y eso me conmueve de un modo cada vez más
profundo.
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Existen
seres humanos viviendo como nuestros antepasados de hace treinta
mil años y apenas sabemos nada de ellos. He aquí que existe
toda una isla, el mayor museo de historia natural de la tierra
en el que aún hay mucho por investigar. Mis expediciones entre
los papúes sin duda constituyen el máximo de privaciones que
haya tenido, pero la satisfacción de éstas se convierten en un
reto inconmensurable. Por todo lo cual emprendo regreso de nuevo
a mis tierras soñadas del Pacífico.
Otras dos
visitas a la isla durante los primeros años de los noventa me
hacen conocer ciertos detalles que anteriormente me habían
pasado desapercibidos. En estas ocasiones me han acompañado
amigos a los que embauqué en la aventura. Definitivamente, los danis
no sólo eran nuestros porteadores sino que también se
convirtieron en nuestros protectores, informadores y hasta
mensajeros en una tierra plagada de serpientes, cocodrilos y lo
que es peor, de mortífera malaria que hace estragos
especialmente en las regiones bajas y pantanosas.
Continúa
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