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Pasaron
sólo dos años y era primavera ya en los 90 cuando otra nueva
expedición me trasladó directamente al neolítico. De nuevo
las peleas con las autoridades, los aviones que se retrasan
varios días y por fin el tan preciado "suram jalam" o
permiso de entrada en la zona en mí mano. Esta segunda
expedición suponía para mí una profundización de
conocimiento de esos pueblos. Otra vez tomo el vuelo usual entre
los bosques solitarios, los poblados indígenas y al final, el
aterrizaje en el grandioso valle de Baliem.
El pequeño
poblado de Wamena sigue ambientado con numerosos guerreros danis
que pasean por sus calles, quizás esperando a que sus
esposas vendan algunos frutos y hortalizas en el mercado. Me
sorprende la construcción de algunas nuevas chozas con tejados
de aluminio de colonos indonesios recién llegados y también he
podido encontrar a unas cuantas parejas de aventureros
interesados en recorrer los alrededores de Wamena. Pero los
permisos son muy limitados y tan solo les permiten las
autoridades militares de la zona alejarse más de un par de
días o tres del poblado; la situación de tensión de los
danis con otros pueblos limítrofes como los Yale, está a
flor de piel.
El
reencuentro con mis amigos danis me hace sentir seguro.
Tengo la oportunidad de entrevistarme con un misionero
evangélico a quien interrogo sobre cuestiones de exploración y
mapas. Al día siguiente, a eso del mediodía, me adentro con
dos porteadores en la silenciosa, húmeda y verde selva virgen
que se estremece en la mañana con las primeras gotas del
rocío; ni un canto de pájaro, ni más ruido que el estruendo
de los torrentes. El terror nocturno impera todavía sobre el
inmóvil follaje.
Súbitamente,
inesperado, aparece un hombre de cuerpo desnudo, color de
bronce, que se desliza por la espesura con elasticidad bastante
para evitar incluso el rocío que todo lo aljofara. Sus anchos
pies, de dedos distendidos, se adhieren al barro y raíces
salientes. Más bien salta que anda, aunque un canto de triunfo
brota de su pecho escultural, la selva se anima por otro salvaje
desnudo con nariz perforada con unos grandes colmillos de
jabalí que exhibe. Entre alaridos, mí porteador e intérprete
entiende que estoy invitado a pasar algunas noches en el
poblado.
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Durante
varias horas por sendero de montaña caminamos hasta encontrar
en la ladera un grupo de chozas que interrumpe la frondosidad
del bosque. En la entrada del poblado una niña de grandes ojos
y simpática mirada me coge de la mano mientras observa de
arriba a abajo todos mis movimientos. Una comitiva de perros de
aspecto demoníaco, se unen al cortejo que entra por un pequeño
puente hasta el centro del poblado para llegar a la choza
principal. El sol desaparece entre las copas de las palmeras; en
tanto, las mujeres andan atareadas alrededor de la lumbre
encendida delante de las cabañas para preparar la cena que es
su comida principal.
Me sorprende
una mujer con toda su piel impregnada con un pigmento amarillo y
otra que le faltan algunos dedos. Mí joven amigo dani me
explica que las mujeres en estas regiones acostumbran a guardar
varios años de abstinencia sexual después de haber parido un
hijo, por lo que se distinguen con esta extraña y colorida
substancia que ahuyenta a cualquier pretendiente. Aquí el
deshonor se paga con la muerte. También me explica que es muy
frecuente ver como muchísimas mujeres se amputan uno o varios
dedos para guardar el luto de sus familiares.
Continúa
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