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Mi primer
recorrido por la Edad de Piedra da lugar a plantearme algunas
preguntas. ¿Qué hago yo en realidad en un lugar tan remoto y
desconocido en donde sus habitantes duermen al caer la noche, no
conocen ni la rueda ni el vidrio, y tan siquiera muchas veces no
se entienden entre ellos lo que origina numerosos conflictos
bélicos solucionados a base de grandes hachas de piedra? Creía
tener una idea de lo que me esperaba y estaba seguro de haberme
preparado convenientemente.
Mi llegada a
Wamena después de interminables días de trámites y peleas con
las autoridades locales supone un verdadero descanso tras
convencerles de que mi vida no corre peligro en el pequeño
poblado del valle. Aterrizo en una avioneta que ha atravesado
una cordillera con cumbres de casi 5.000 m. de altura y extensos
territorios desconocidos para el ser humano. Me espera una pista
de tierra mojada por las frecuentes lluvias que caracterizan a
Irian como el lugar más lluvioso de la tierra rodeada por un
circo de enormes montañas selváticas.
Desde la
pequeña ventanilla de la avioneta observo atónito como nos
reciben una veintena de hombres primitivos desnudos, armados con
lanzas que corren con enormes pasos hacía la nave, sólo
ataviados con la vestimenta de un canuto alargado a modo de
funda que protege el pene de los indígenas. Había leído en
los manuales que a esta funda le denominan koteka hecha a
base de alargar con agua una calabaza y secarla después al sol.
Los Danis
son altos y muy fuertes, de piel morena y rasgos
melanesiopigmeoides. Se considera la tribu más numerosa de las
montañas del territorio. Habitan el valle de Baliem que
fue descubierto por el piloto norteamericano Archbold en 1938,
aunque hasta 1960 no dan comienzo las verdaderas exploraciones
llevadas a cabo por misioneros holandeses y alemanes. Cuando
bajaba la escalerilla de la avioneta me sentí ciertamente
impresionado y en algunos momentos hasta asustado. Pero como
comprobé más tarde, estas nobles gentes de montaña son
entrañables.
Tienen un
arraigado sentido de la lealtad y también del honor, así pues
empecé a ver en ellos a mis nuevos amigos y colaboradores en
ésta y en futuras expediciones. Su forma de vivir es todavía
muy primitiva y hay que considerar que hasta hace menos de
veinticinco años practicaban la antropofagia. En pocos días
estrechaba lazos de amistad con ellos y, a la vez ellos me
ofrecían lo poco que tenían. Su conocimiento de las selvas y
montañas me llevaría en las tres semanas siguientes a
descubrir su natural modo de vida.
Cuando me
adentraba en sus profundos valles contemplaba el aspecto
campestre y poético de sus poblados que, vistos desde lejos,
pueden ofrecer esas casas, agrupaditas en sus alturas y doradas
por el sol, sobre el perenne fondo verde de la jungla sombría;
sin embargo, no había que hacerse ilusiones. De cerca no son
más que míseras cabañas, frágiles y destartaladas, cuyo
techo de hojarasca se deshilacha en pingajos lamentables dejando
asomar en los extremos las puntas de las varas y las ramas, como
púas de un enorme peine desdentado y sucio. Más, aunque así
sean, representan a los ojos de los danis, el hogar y
punto de encuentro para el pueblo con sus viviendas separadas de
las mujeres en tanto que viven junto a los niños y a los cerdos
apartados de la casa de los adolescentes y varones.
Continúa
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