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De esta
manera comenzamos el regreso y varias horas después nos
sentimos fuera de peligro. Nuestros indígenas no tenían
conciencia de culpa de lo que estaban haciendo. ¿Porqué la
habían de tener? Su vida transcurría así desde mucho antes
que Homero escribiera sus poemas. Aún no conocen la piedra, ni
el metal, ni la rueda. Todavía el neolítico les queda muy
lejos aunque a unos cuantos kilómetros, empresas
multinacionales descubrieran en su territorio fabulosos
yacimientos de oro, uranio y petróleo. En su imaginación no
existen cosas tan increíbles. ¿Descubrirán ellos el siglo XXI
antes que la Edad de Piedra?
Ya habíamos
estado allí. Y curiosamente a lo largo de estos últimos seis
años, siempre pensamos que queríamos volver. Papua es el fin
del mundo. El rincón olvidado del planeta en dónde nadie
espera encontrar nada. En Papua, lo que se ha venido llamando
Irian Jaya -la Papua indonesia- solamente hay naturaleza
salvaje, pantanos y selvas bajo una cordillera prácticamente
desconocida con excepción de la pirámide Carstenz, objetivo de
los alpinistas que quieren hacer las seis cimas más altas de la
Tierra.
En Papua
viven etnias diversas, cómo especies diferenciadas, algunas de
las cuales se han hecho famosas en los últimos veinte años,
sobre todo los danis y algo menos los lanis en las zonas altas,
que el explorador Harrer dio a conocer en su expedición de
1968. En la Papua oriental – país llamado Papua Nueva Guinea
– las misiones cristianas hace casi setenta años que
desarrollan sus programas de evangelización y culturización en
las diversas tribus indígenas. Estas son mejor conocidas y es
fácil encontrar testimonios de exploradores, misiones y
viajeros que han convivido y contado sus primitivas formas de
vida.
Papua es el
mejor museo de la naturaleza. Un mosaico de etnias y tribus
distintas aparecen en su atormentada geografía dominada por
pantanos y selvas inundadas a uno y otro lado de la cordillera
Jayawijaya.
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