|
Me creía
morir pero había que seguir; ya no podíamos retroceder porque
desde esa mañana temprano, habíamos percibido verdaderos
alaridos humanos que a modo de pájaro, trasmitían algunos
salvajes que nos seguían sin ser vistos. Fader reconoció a los
guerreros de su pueblo e inmediatamente anunció nuestra
llegada. La situación era tan tensa que nuestros porteadores
estaban asustados y querían huir. Una docena de casas de madera
construidas en las copas de los árboles, servían para avistar
de inmediato a cualquier intruso que se aproxime a su
territorio.
Allí no se
concibe al visitante fortuito, por eso nosotros viajábamos con
Fader. Él había abandonado el poblado dos años antes. Nuestra
entrada bajo la exuberante vegetación tropical levantó a un
enorme tapir que se escondía entre las ramas. Dos indígenas
que bajaron en segundos de los árboles empuñaron sus arcos
para perseguir al animal aunque fue imposible capturarle.
Estábamos completamente desconcertados por el nerviosismo de la
tribu ante nuestra presencia.
La mayoría
de los hombres andaban de cacería según nos comentó Fader.
Evidentemente no sabíamos de que tipo de cacería se trataba.
Después de una hora permaneciendo estáticos bajo la choza
central comunitaria ubicada en el suelo, se acercaron varios
salvajes de aspecto tímido que conversaban con Fader en tono
pausado. Pronto regresaría el resto y no era conveniente
permanecer allí. Nos habíamos ganado cierta confianza con las
mujeres y niños al llevarles algunos machetes y adornos como
regalo.
Le pedí a
Fader que les transmitiera mi pregunta sobre si éramos los
primeros espíritus blancos que allí llegaban. Así lo hizo y
como respuesta nos ganamos una sorpresa, -no, ya vino un hombre
por aquí al que matamos y nos comimos su cuerpo. Seguí la
investigación de quién podía ser éste, cuando Fader aterrado
por el comentario, me interrumpió para explicarme que era un
misionero desaparecido algunos meses antes durante una
avanzadilla de contacto con los salvajes.
Cuando Fader
le preguntó a su pueblo las razones del asesinato, ellos
respondieron con tono tranquilo y sosegado que les hablaba muy
fuerte en una lengua distinta a la suya y que no comprendían
cuales eran sus propósitos. De tal manera que decidieron poner
fin a la confusa situación tras dispararle numerosos flechas en
el pecho y cortaron su cabeza de un tajo. Les miré a la cara
firmemente y, mediante gestos les increpé a enseñarme el
trofeo a lo que accedieron tras varios intentos por mi parte.
Desenterraron
medio cráneo y algunas ropas con él, que estaban detrás de la
cabaña central. Mientras tanto, César Pérez de Tudela
disparaba con su cámara permanentemente a todo lo que se
moviese. No podíamos permanecer allí ni un minuto más.
Nuestros porteadores se impacientaban y de marcharse, nunca
encontraríamos el camino de vuelta. El resto de los guerreros y
el jefe estaban a punto de llegar de cacería y nuestra
seguridad no se garantizaba de ninguna manera. Pero antes de
irnos, lanzamos al aire una bengala iluminada como espíritus
que éramos. Les sorprenderíamos y evitaríamos que
reaccionaran. Sin embargo, durante la huida estuvimos atentos
para que no nos tendieran una emboscada como es habitual en
ellos.
Continúa
|