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«A las
gentes del Altiplano, a su trato, a su gesto y a su lucha...»
Una angustiosa inquietud
sacude el cuerpo en espera de sensaciones cuando se pone pie a
tierra desde la escalerilla del avión. No es para menos, el
aeropuerto de la Paz se encuentra a más de 4.000 metros, es
decir, a la misma altura en la que acaban muchas de las grandes
montañas europeas... Pronto un puro y cortante aire falto de
oxígeno impregna cada rincón de los pulmones. “La brisa
andina emborracha y casi tiene sabor”, dicen algunos.
Aconsejan actuar con calma, la lentitud de movimientos es la
fórmula para no sufrir el tan conocido y temido” soroche” o
mal de altura. Sin embargo, la panorámica que desde el mismo
aeropuerto de La Paz se contempla pronto hace olvidar cualquier
precaución...

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Una imponente masa de hielo y roca rompe el
horizonte sobre una llanura formidablemente plana y un profundo
azul cielo de fondo; es la Cordillera Real que, con sus 6.500
metros de altura, sobrecoge y avasalla todo a su alrededor. Unos
metros mas abajo, la ciudad de la Paz se hunde y se adapta en un
amplio valle densamente poblado. De la mezcla de tonos de sus
escalonados barrios emerge un colosal iceberg blanco, es el
monte Illimani, considerado como el guardián protector de la
ciudad. Una imagen difícil de olvidar y el presagio de una
explosión de contrastes que iremos encontrando a lo largo y
ancho de este gigante dormido que es Bolivia.
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