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Reflexiones sobre
una bici

Texto y fotos: Juan Antonio Alegre Muñoz.
Templo Lamaista en Hekuzome (Gansu; China)     © Juan Antonio Alegre

RUEDA QUE RUEDA

Las semanas y los meses pasaban volando, o mejor dicho "rodando", poco a poco me sentía mejor y me desenvolvía con mayor soltura. Realmente todos los días eran festivos, hacía lo que dictaba mi propio concepto de libertad y de necesidad. Si me encontraba a gusto me quedaba más tiempo de lo previsto y si no, carretera y manta, como quien dice. En lugares donde aparentemente no había de nada yo encontraba todo lo que puede busca el viajero, a pesar de que mis presupuestos eran de resistencia. A su vez, la relativa lentitud de mi medio de transporte me permitía pausadas transiciones, sin llegar a caer en la rutina, sin atajos. Los cambios de comida, de lengua, de religión, de raza... llegaban poco a poco, casi como una metamorfosis. Realmente, hay pocas fronteras geográficas y ninguna política que separe a dos pueblos de forma definitiva e impida la fascinante mezcla de sus diferentes idiosincrasias. En la mayoría de las ocasiones los nativos eran muy hospitalarios, lo que me permitía pasar inolvidables veladas con ellos. Sin embargo, al margen de las barreras del idioma, quizás la mayoría de ellos no llegaban a comprender las razones de mi vida de nómada.

Musulmán preparando unos ricos tallarines en el mercado de Kashgar (Xinjiang; Turkestan)     © Juan Antonio Alegre

Los kilómetros no sólo estaban cambiando mi físico, cada vez más afilado, sino también mi comportamiento. Empezaba a ir al típico café de extranjeros donde conocía a otros peculiares personajes que hacía meses o años habían abandonado también sus países en busca de experiencias similares a las mías. Ahora viajaban, trabajaban, o incluso, algunos de ellos habían decidido establecerse en el Lejano Oriente. También necesitaba de esta otra gente, de esa tribu de trotamundos que anda rulando por el planeta, intercambiar con ellos vivencias y, sobre todo, informaciones que despertasen mi interés y reforzaran mi ansia por conocer otros lugares. A veces me quedaba viendo la televisión, jugando a las cartas o charlando, actividades que al comienzo de mi viaje no figuraban entre mis preferencias y que, en un principio, su observación me causaba más rechazo que interés, porque para hacer eso mismo me hubiese quedado en casa, claro. Y es que realmente en aquellos días mi casa era esa, una simple cama en un dormitorio tras varios días durmiendo en la tienda o al raso. Un acomodo que se aproximaba mucho al hogar, dulce hogar. Por esa razón, si tenía la compañía de esa gran familia de viajeros, principalmente australianos o canadienses, mejor que mejor. Me estaba liberando de una de las preocupaciones que a la mayoría de la gente le quita el sueño y la nómina. Ya no necesitaría en mi particular futuro ahorrar para comprarme una vivienda, porque tenía tantos posibles alojamientos como innumerables lechos repartidos por todo el mundo...


 

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