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De vuelta a la
estación de Bahuichivo, lo mejor, mientras llega el tren, es
hacer tiempo con la ayuda de los tentadores tenderetes que ofrecen
sabrosas gorditas, quesadillas, burritos, tacos… ¡PIIIII!.
¡Viajeros al trennn…!. "El ferrocarril siempre cumple con
quien espera paciente" dice un paisano en el anden. Así es,
todos los días retraso arriba o retraso abajo, carga, descarga y
acarrea mercancías y viajeros. Atrás quedaron los años en que
con cuatro troncos en la vía, a lomos de caballo y a punta de
viejos Colt, los pasajeros del tren eran desvalijados y el
servicio demorado por cuatreros asaltatrenes, y que hoy, los
"trenistas" más veteranos recuerdan en vibranantes
relatos, mientras el tren, su tren, sigue rodando sobre una línea
gratamente irreal.
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Curva;
contracurva; puente; túnel; no hay reposo, el convoy se retuerce
en un alarde de acrobacia por el escarpado anfiteatro montañoso
de Temoris. Se impone marcha lenta en la maniobra, la locomotora y
los vagones son engullidos pausadamente por las fauces de la
barranca. Como si fuesen de goma, los rieles se estiran y se
encogen entre abismos y verticales farallones de roca,
consiguiendo descender en zig-zag a lo largo de tres niveles de
vía hasta tocar tierra firme. Un enorme cartel junto a la vía
conmemora el esfuerzo que supuso completar este eslabón de la
cadena. Con la tranquilizadora horizontal ya recuperada, el
paisaje que ofrece la ventanilla va menguando en intensidad
sorpresiva y llega el turno de las grandes extensiones
semidesérticas, en las que el cactus de candelabro y la serpiente
de cascabel son sus fieles guardianes.
El sol se esta
ocultando y ponemos pie a tierra en el apeadero de El Fuerte,
mientras las últimas luces dan penumbra a las empedradas calles
de esta ciudad bastión. Construido para proteger a los colonos
españoles de los constantes ataques indios, El Fuerte, era la
frontera límite a partir de la que el territorio era considerado
como "indómito". Cientos son las crónicas que narran
las penosas expediciones de avance de soldados, jesuitas y
pioneros hacía las montañas siguiendo el curso de los ríos.
Posteriormente y como consecuencia de la fiebre del oro, El
Fuerte, fue convirtiéndose en ciudad de negocio e intercambio
para mineros, buscadores de oro y buscavidas. Si paseamos por su
Plaza de Armas y alrededores, conseguiremos facilmente la alquimia
de transformarnos en aguerridos aventureros de hace cuatro siglos…
Continua... >
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