 |
 |
Las ruedas
chirrían desesperadamente en pleno descenso, las vías se aferran
como garras ciñéndose al precipicio. Ya he perdido el número de
túneles que hemos atravesado y los puentes secan la saliva, y es
que, cuando se mira al fondo, uno comprueba que no hay fondo y que
el tren vuela sujeto a unas alas en forma de rieles. Cualquiera
diría que estamos sobre la mayor montaña rusa imaginable, al
comprobar como los vagones se retuercen y crujen encajonados entre
descomunales acantilados de aguerrida vegetación y esbeltas colas
de caballo. Afortunadamente el maquinista templa con tiento los
frenos, mientras del pasaje se escapan exclamaciones y suspiros de
sorpresa: "¡Oh my good, this is wonderfull!",
apaciguadas serenamente por los ya curtidos viajeros locales :
"Así es señorita, para hacer que este tren rodara tuvo que
estar por aquí dios muy presente"… No les falta razón,
cada punto kilométrico de la vía guarda su particular historia
de victoria o de tragedia, como así atestiguan los improvisados
cementerios que tuvieron que ser emplazados a los márgenes de la
vía, en tributo a su accidentada construcción.
 |
 |
Tratando de
imaginar como las cuadrillas de trabajadores rebañaban metro a
metro roca viva a la montaña, un largo toque de silbato nos avisa
de la llegada a la estación de Bahuichivo. Desde donde, a tan
solo media hora, alcanzaremos Cerocahuy, un bonito y acogedor
pueblo de adobe presidido por la Misión de San Francisco Javier.
Partiendo de Cerocahuy se accede en vehículo al espectacular
mirador de "El Gallego", situado en la ladera del cerro
de su mismo nombre, al que cuentan las crónicas subió a morir un
misionero enfermo de gripe (en aquella época mortal) y así
evitar el contagio a los indios. El mirador abarca una extensa
panorámica del sistema sudeste de cañones y del pueblecito de
Urique, que se contempla hundido en el fondo del cañón como si
yaciera caído del cielo. Por una serpeante pista de tierra se
accede a este pueblo que fue importante centro minero y, desde
aquí, a través de una aislada vereda, solo para caminantes o
caballerías, se alcanza el también pueblo minero de Batopilas,
que ya conocemos.
Ambos
protagonistas, al igual que tantos otros, de la fiebre del oro que
atrajo hasta estos remotos confines gentes de otros continentes.
Dicen los viejos legados, que algunas de las minas que controlaban
los jesuitas no se dieron a conocer para eludir la tasa del 20%
que exigía el rey de toda la producción. Cuentan que la norteña
mina de la Tapoya era una de las clandestinas, y que daba tanto
oro puro que ni las recuas de mulas podían arrastrarlo. También
se narra, que abajo la iglesia de Topoya los jesuitas escondieron
siete toneladas de plata y cuatro de oro. Versiones más modernas
, aseguran que el propio Pancho Villa acumuló una fortuna en oro
y plata por valor de varios millones de dólares, y que se le vio
partir hacía la sierra con toda ella a lomos de varias mulas y
diez indios. Algunos mantuvieron que a su regreso solo le
acompañaban las mulas y que el tesoro espera paciente como una
aguja en un pajar... Por cierto, una vez halláis desistido en la
búsqueda de algún tesoro enterrado, no olvidéis dejar vuestro
donativo en el Internado de Niñas Tarahumara de Cerocahuy, será
de gran ayuda para las más necesitadas.
Continua... >
|