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Un largo
silbido detiene a la renqueante "serpiente metálica",
llegamos a la estación de Divisadero que, como su nombre ya
advierte, promete magnificas panorámicas. Así es, a tan solo 50
pasos de la concurrida estación, una barandilla separa la
horizontal del abismo que se desploma bajo nuestros pies. Frente a
la retina tenemos al "descuartizado" por el cuchillo de
la erosión Cañon del Cobre. Son varios los hoteles que se
levantan en los bordillos de este mirador de vanguardia, para
ofrecer a sus huéspedes algunas de las secuencias más
impactantes del continente.
Conviene no
olvidarse unos prismáticos para disfrutar todavía más de los
numerosos puntos de avistamiento, especialmente al amanecer y a la
caída del sol, que bien merecen unos días de alojamiento, en
compañía de los muchos colibrís que pululan en busca de
alimento. Además, desde aquí es fácil colarse en el infinito
laberinto de caminos abiertos por los indios tarahumara, veredas
que están en uso y que conectan a pie, a caballo o en bici, con
los rincones más insospechados.
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Los Jesuitas,
en 1607, fueron de los primeros en contactar con las tribus de la
sierra, con el objetivo de inocularles nuevas doctrinas, para lo
cual llegaron a levantar más de 100 misiones, muchas de ellas
todavía en pie y dispuestas para su visita. Sin embargo, con el
descubrimiento de metales preciosos y la consiguiente "fiebre
del oro", la esclavitud de los indios fue un echo. Esto,
unido a las nuevas enfermedades traídas por los blancos, la
imposición de creencias diferentes y la ocupación de sus
tierras, provoco rebeliones que desembocaron en la quema de
iglesias y el asesinato de curas, en un intento desesperado por
expulsar al invasor. Pero la represalia militar de la corona fue
brutal y, como siempre, perdieron los de siempre. A las ordenes de
un capitán fueron decapitados y clavados en estacas 33 tarahumara
como escarmiento. Asumiendo su total desventaja los tarahumara se
replegaron a las montañas, siendo pocos los que aceptaron las
nuevas corrientes.
Esta huida
masiva provocó que algún clérigo de rango, empeñado en
"domar" a estos "salvajes", exigiera a la
corona el envió del ejercito para hacer regresar a los indios a
la fuerza, de forma que "aprendieran a amar y a vivir de
manera civilizada"… Siempre al amparo de un "ojo de
agua" (manantial o riachuelo), los tarahumara,o raramuri como
ellos se denominan, se establecen en cabañas de adobe o cuevas
naturales, y sacan adelante sus cultivos aprovechando algunas de
las técnicas y animales de labor importadas por los españoles.
La escasez de agua y de buena tierra en la región les obliga a
viajar con el clima, estableciendo sus ranchitos de verano en las
frescas mesetas y de invierno en los cálidos fondos subtropicales
de los cañones. Poseen sus propias leyes tutelados por el
"siriame" (gobernador) al que se elige con el
consentimiento de los gobernados, y tanto hombre como mujer
aparentemente disfrutan del mismo trato.
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En este
escenario tan desamparado, a orillas de lo sobrenatural, es fácil
aceptar que la concepción de "lo divino", al igual que
para sus íntimos pobladores, sean el sol, la luna, los
relámpagos, el viento, la madre, el padre… Su vida, cargada de
espiritualidad se sostiene aferrada a complejos rituales puros o
sincréticos, según sean "gentiles"; el grupo cuyos
antepasados no aceptaron las normas jesuitas, o
"bautizados"; hoy el grupo más numeroso. Tanto en las
ceremonias de "gentiles" como de "bautizados"
corre presto el "tegüino, que es una bebida fermentada del
maíz, bajo cuyos efectos bailan como forma de oración y se
comunican con las fuerzas superiores en íntimos rituales siempre
parejos al ciclo del maíz. La "tesgüinada" esta
presente en todos los aspectos de su vida y es el vehículo
necesario para tomar cada decisión. Muy importante para esta
cultura es el ritual de los muertos, en el que el chamán sale en
busca del peyote (cactus alucinógeno), con el que hablará
antes de ser cortado y, luego, junto a familiares del muerto
elegidos por él lo chuparán y bajo sus efectos podrán comprobar
si el espíritu del difunto se fue definitivamente. Una vez
finalizada la ceremonia, todos deberán purificarse con humo de
hoguera, pues el peyote podría llegar a robarles el alma...
Continua... >
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