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Sumario

Introducción
Memoria de una utopía
Viajeros al tren...
¡A toda Máquina!
Tierra y Libertad
Ventana a las Barrancas
Resistencia Tarahumara
Los «pies» más ligeros que se conocen
Fiebre del Oro
Pioneros y Forajidos
Fin de Trayecto

Guía Práctica

 

 

Otros Reportajes

El Guardián de las Barrancas
Ferrocarril Chihuahua-Pacífico
Por Miguel Caselles. Fotos de Victoria Sánchez.
 
 Ventana a las Barrancas
 
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© Victoria Sánchez

Desde el timón de frenado, Ignacio, nuestro veterano maquinista, sujeta con tacto la maquinaria, la próxima parada es Creel, puerta de entrada a uno de los caos orográficos más espectaculares del planeta: Un sistema de cañones equivalente a cuatro veces el Gran Cañón del Colorado, conocido como Las Barrancas del Cobre. Creel, que surgió como dormitorio de las cuadrillas de trabajadores del ferrocarril, hoy se ha convertido en lejano centro maderero, en el que lo mismo te cruzas con un mestizo que luce orgulloso su sombrero "Tony Montana" y machete al cinto, que con un altivo indio recién salido de una película del "Far West".

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© Victoria Sánchez

La iglesia que preside su plaza y la casa de las artesanías, ubicada en la vieja estación, están a un salto de vagón. Por cierto, si la noche fue algo "movidita", en el propio apeadero de la estación, se puede recuperar honrosamente la compostura gracias al peculiar "Hospital de crudos". Una tabernita en la que se prescribe Caldo de Oso o Sopa bien cargada de gomilla (salsa picante), que dicen espantan como nada a la "cruda" (borrachera ). Tomando como punto de partida Creel o las anteriores estaciones de San Juanito o La Junta, se puede llegar en vehículo hasta el Parque Nacional de Basaseachi, en donde los miradores sobre el salto al vacío de la Cascada de Basaseachi. (246 m.) y la de Piedra Volada (452 m.), así como los casi 1.000 m. de la pared del Gigante, dejan atónito al espectador caminante.

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© Victoria Sánchez

Al otro lado de la vía, el Lago Arareco, la Cascada de Cusarare y la pista de tierra que conduce a Batopilas, el pueblo con más tradición minera de la sierra, son de obligada visita. Este camino a Batopilas se descuelga por los escabrosos surcos de la barranca, atravesando pequeños ranchitos tarahumara y excepcionales miradores. Cuentan que ni las mulas ni los indios daban a vasto para sacar todo el oro que las minas de Batopilas vomitaban. Este aluvión de metales preciosos y minerales que la Sierra Tarahumara ha regalado, es el resultado de una intensa actividad volcánica y de unos violentos movimientos tectónicos que levantaron la sierra Madre Occidental y fracturaron la corteza, modelando elevadas mesetas (algunas por encima de los 3.000 m.).

Después las profundas grietas encauzaron el agua de lluvia y, ya en forma de arroyos, cincelaron un sistema de cañones único en el mundo: Barranca de Urique, Sinforosa, Batopilas, Candameña, Chinipas, Oteros y del Cobre. Cuesta imaginar como el ser humano se ha podido adaptar a un paisaje tan devastador, especialmente si pensamos en los crudos inviernos nevados.

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