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Mientras
esperamos a pie de andén, ojeo la biografía de la leyenda
rodante que tengo enfrente. La construcción de "El
Chepe" es la historia de un amor imposible y de una obsesión
en la que soñadores, revolucionarios, mecenas e indígenas
hicieron posible lo imposible: "el ferrocarril más difícil
que se conozca". Fué el estadounidense Albert Kimsey Owen el
sagaz visionario que encontró el camino comercial más corto -el que
tanto buscó colón- entre la costa del Pacífico y Europa. Su
empeño fue abrir una "línea mágica" que conectara la
costa atlántica americana con la mexicana Bahía de Topolobambo,
pues esta bahía, por aquel entonces olvidada en los mapas, es la
zona del Pacífico más cercana a los puertos New York, más que
cualquiera de las costas estadounidenses.
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Una esquina
única en el mapa que evitaría infinitos rodeos. Owen, idealista,
luchador y libertario -participo activamente a favor del voto
femenino-, soñaba con hacer un mundo unido por el transporte,
adivinaba en los rieles y en la revolución de las comunicaciones
una "vía" para la abolición de las injusticias
sociales. Pero un desafío de tal magnitud necesitaba de muchos
dólares y, como suele ser habitual, el capital dio la espalda al
"loco" sueño de un adelantado de su época. Tras años
de esfuerzos contracorriente para conseguir fondos, Owen, tiene que
rendirse ante la evidencia de los números y de los mediocres. Sin
embargo, su sueño sigue despierto y años después, a pesar de
los financieros de Wall Street, lo retoman nuevos protagonistas
gracias a las generosas concesiones mexicanas. El tendido de
rieles inicia su periplo en cinco secciones intermedias que
deberían ir avanzando hasta encontrarse.
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No fue
empresa fácil, eran tiempos de reequilibrios sociales, y al grito
de "Tierra y libertad" se frenó el avance de la línea,
incluso los rieles se arrancaron para sufragar la lucha
insurgente. Venció la revolución mexicana y un invitado
sorpresa, el hallazgo de petróleo en la zona, relanzó por
enésima vez la construcción del ferrocarril. La línea se
nacionalizó y siguió avanzando hasta que se topó, primero, con
el Crak de la Bolsa de New York y, después, contra los
contrafuertes de la Sierra Madre Occidental, una trampa
orográfica que precisaba de muchas infraestructuras, en una
inversión que no encontraba fondo.
Pasada la
Segunda Guerra Mundial, se afrontó definitivamente el tramo más
complicado de la línea, en el que la astucia de los ingenieros,
los cartuchos de dinamita y las cuadrillas de trabajadores dieron
lo mejor de sí mismos, con la indispensable ayuda de los indios
de la sierra. En 1961, una locomotora consiguió juntar lo
injuntable, Kansas City con Topolobambo, 90 años después de la
"loca" idea de Owen… Nunca la distancia más corta fue
tan larga de completar.
Continua... >
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