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Islas Azores
GUARIDA DE TEMPESTADES
Pueblecito de pescadores en la Isla de Terceira   © Victoria Sánchez

Ventanas al Centro de la Tierra

Viajar a las azores es regresar a los orígenes, ser testigo de como se formo la tierra. Más de quinientas grutas, fruto de uno largo calendario de erupciones y seismos que han marcado su historia, proponen un fantástico viaje al centro de la tierra. Terceira, por ejemplo, permite descender hasta los infiernos a través de las cañerías de varios volcanes dormidos; una de esas grutas es Algar do Carbao, una reserva ecológica, de más de cien metros de profundidad decorada por goteantes estalactitas, estalagmitas y una oculta laguna en su interior. Es en esta isla donde también abre sus fauces la caldera de Gillerme Moniz, el mayor cráter de la Azores, que a modo de ombligo se hunde en pleno centro de la isla.

El tiempo parece haberse suspendido en este trozo del Atlántico   © Victoria Sánchez

En todas las islas, paseos a pie o en bici conducen a certeros miradores de horizontes sin medida, desde los que el omnipresente océano se mezcla con el azul rasgado, de ese cielo en el que a modo de pantalla podemos seguir la evolución de la atmósfera como si estuviéramos dentro del propio mapa meteorológico. En las Azores a lo largo del día pueden darse los condicionantes climatológicos de las cuatro estaciones de forma desconcertante - conviene no olvidarse el chubasquero -. Sin embargo, una atmósfera de tranquilidad y pausa se mastica en todas ellas, sensación muy patente en la pequeña Graciosa salpicada de molinos de viento, y horadada por una profunda gruta surgida del interior de un antiguo volcán que ocupa todo el sur de la isla. Un acceso sin dificultad invita a observar como, al medio día, la vertical del sol ilumina a través de la estrecha boca su tétrico interior.

Frente a la costa de terceira descansan hundidos vacios galeones fruto del acoso de corsarios   © Victoria Sánchez

Todo el archipiélago es un lugar ideal de descanso y desconexión para los cada vez más numerosos náufragos del viejo continente, y que en la isla de Corvo tiene su máxima expresión. Tan solo 17 kilómetros cuadrados desamparados como un espejismo en mitad del gran océano, y tutelados por la caldera del volcán al que deben su procedencia, el Caldeirao. Su única población, Vila Nova do Corvo y sus molinos de viento, alegran la soledad y la agradable quietud de la más pequeña de las islas, en la que no hace tanto tiempo las comunicaciones con su vecina flores en caso de crisis, se resolvían por medio de señales de humo. Sin duda, su visita es un apasionado regreso a los valores más genuinos. Por ejemplo, a los corveños les sobran las cerraduras en las puertas, todos se conocen, son poco más de 360 vecinos...


 

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