Introducción
Laboratorio Volcánológico
Cráteres de Agua de Agua Dulce
Ventanas al Centro de la Tierra
La Posada de los Vientos
¡Ahí Sopla!
Guía Práctica
Otros Reportajes |
Islas Azores
GUARIDA DE TEMPESTADES
Ventanas al Centro de la Tierra
Viajar a las azores es regresar a los
orígenes, ser testigo de como se formo la tierra. Más de quinientas grutas, fruto de uno
largo calendario de erupciones y seismos que han marcado su historia, proponen un
fantástico viaje al centro de la tierra. Terceira, por ejemplo, permite descender hasta
los infiernos a través de las cañerías de varios volcanes dormidos; una de esas grutas
es Algar do Carbao, una reserva ecológica, de más de cien metros de profundidad decorada
por goteantes estalactitas, estalagmitas y una oculta laguna en su interior. Es en esta
isla donde también abre sus fauces la caldera de Gillerme Moniz, el mayor cráter de la
Azores, que a modo de ombligo se hunde en pleno centro de la isla.
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En todas las islas, paseos a pie o en bici
conducen a certeros miradores de horizontes sin medida, desde los que el omnipresente
océano se mezcla con el azul rasgado, de ese cielo en el que a modo de pantalla podemos
seguir la evolución de la atmósfera como si estuviéramos dentro del propio mapa
meteorológico. En las Azores a lo largo del día pueden darse los condicionantes
climatológicos de las cuatro estaciones de forma desconcertante - conviene no olvidarse
el chubasquero -. Sin embargo, una atmósfera de tranquilidad y pausa se mastica en todas
ellas, sensación muy patente en la pequeña Graciosa salpicada de molinos de viento, y
horadada por una profunda gruta surgida del interior de un antiguo volcán que ocupa todo
el sur de la isla. Un acceso sin dificultad invita a observar como, al medio día, la
vertical del sol ilumina a través de la estrecha boca su tétrico interior.
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Todo el archipiélago es un lugar ideal de
descanso y desconexión para los cada vez más numerosos náufragos del viejo continente,
y que en la isla de Corvo tiene su máxima expresión. Tan solo 17 kilómetros cuadrados
desamparados como un espejismo en mitad del gran océano, y tutelados por la caldera del
volcán al que deben su procedencia, el Caldeirao. Su única población, Vila Nova do
Corvo y sus molinos de viento, alegran la soledad y la agradable quietud de la más
pequeña de las islas, en la que no hace tanto tiempo las comunicaciones con su vecina
flores en caso de crisis, se resolvían por medio de señales de humo. Sin duda, su visita
es un apasionado regreso a los valores más genuinos. Por ejemplo, a los corveños les
sobran las cerraduras en las puertas, todos se conocen, son poco más de 360 vecinos... |