Introducción
Laboratorio Volcánológico
Cráteres de Agua de Agua Dulce
Ventanas al Centro de la Tierra
La Posada de los Vientos
¡Ahí Sopla!
Guía Práctica
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Islas Azores
GUARIDA DE TEMPESTADES
Laboratorio Volcanológico
Las aguas del gran océano dan protección
y aíslan del resto del mundo a estas islas asentadas a medio camino de dos continentes;
1.500 kilómetros las separan de las costas europeas y otros 3.600 de las americanas. Por
su alineamiento las más orientales son Santa María y San Miguel, un grupo central lo
forman Terceira, San Jorge, Graciosa, Pico y Faial, y a poniente descansan Corvo y Flores.
Estos nueve icebergs de magma petrificado son las cimas de la gran cordillera submarina
que se asienta sobre la confluencia de las tres placas tectónicas que resquebrajan la
corteza terrestre. Peculiaridades que han configurado un conglomerado paisajístico
gratamente radical. Así se presiente cuando se divisa a San Jorge desde el aire, llama la
atención su abrupta orografía y radicales contrastes motivados por una larga cordillera,
revestida de voraz vegetación, que atraviesa la isla longitudinalmente. En los recovecos
de su afilado litoral se resguardan las llamadas Fajas; reducidas superficies planas
aisladas entre arrecifes de centenares de metros y faldas de montañas que
precipitadamente se descuelgan al mar. En ellas se dan particulares microclimas que
aprovechan los lugareños para sacar a delante cultivos tropicales.
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Este manojo de islas nacidas del fuego, es
todo un laboratorio palpable de volcanología que a determinado una orografía
característica en cada isla. Durante 1.957 y 58, violentas erupciones junto a numerosas
sacudidas sísmicas, hicieron crecer súbitamente la isla de Faial. Un nuevo territorio se
modelo a fuego volcánico en la Punta dos Capelinos durante aquellos largos días de
Apocalipsis. Pasear por este desierto de cenizas ofrece el privilegio de caminar sobre una
de las tierras más jóvenes del planeta, junto a los testigos mudos de aquel arrebato
natural. Olvidados sobre ásperos campos de ceniza sobresalen destartalados tejados, así
como un errante faro que, curiosamente, aparece hoy relegado tierra adentro.
Imprescindible visitar el museo en donde se muestran fotografías cronológicas y restos
de escombro volcánico, para comprender la magnitud de la metamorfosis que sufrió la
isla. Tampoco faltan en todas las islas imponentes conos volcánicos que rompen por encima
de las nubes, como en la de Pico. Aflorando desde el mismo océano va surgiendo la espina
dorsal que, desde la propia costa, levanta el perfecto cono que ha dado nombre a la isla.
La ascensión al majestuoso Pico de 2.351 metros - montaña más alta de Portugal -,
ofrece una de esas vistas que jamás se olvidan, espesos mares de nubes, entre cuyos
huecos puede verse el siempre presente océano, sus costas y las cercanas islas que
cuelgan del horizonte. Todo ello multiplicado infinitamente, si alcanzamos la cima antes
del amanecer, o durante el crepúsculo en plena mutación de luces. Cerca de tres horas de
caminata por senderos que superan largas coladas petrificadas de lava, en invierno
cubiertas de nieve, se necesitan para alcanzar el mejor mirador de todo el Atlántico. |