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Islas Azores
GUARIDA DE TEMPESTADES
San Miguel está atravesada por abruptas serranías forradas de feroz vegetación    © Victoria Sánchez

Laboratorio Volcanológico

Las aguas del gran océano dan protección y aíslan del resto del mundo a estas islas asentadas a medio camino de dos continentes; 1.500 kilómetros las separan de las costas europeas y otros 3.600 de las americanas. Por su alineamiento las más orientales son Santa María y San Miguel, un grupo central lo forman Terceira, San Jorge, Graciosa, Pico y Faial, y a poniente descansan Corvo y Flores. Estos nueve icebergs de magma petrificado son las cimas de la gran cordillera submarina que se asienta sobre la confluencia de las tres placas tectónicas que resquebrajan la corteza terrestre. Peculiaridades que han configurado un conglomerado paisajístico gratamente radical. Así se presiente cuando se divisa a San Jorge desde el aire, llama la atención su abrupta orografía y radicales contrastes motivados por una larga cordillera, revestida de voraz vegetación, que atraviesa la isla longitudinalmente. En los recovecos de su afilado litoral se resguardan las llamadas Fajas; reducidas superficies planas aisladas entre arrecifes de centenares de metros y faldas de montañas que precipitadamente se descuelgan al mar. En ellas se dan particulares microclimas que aprovechan los lugareños para sacar a delante cultivos tropicales.

La peculiar arquitectura de las ciudades azoreñas ha llevado a la UNESCO a declarar a alguna de ellas Patrimonio Cultural de la Humanidad   © Victoria Sánchez

Este manojo de islas nacidas del fuego, es todo un laboratorio palpable de volcanología que a determinado una orografía característica en cada isla. Durante 1.957 y 58, violentas erupciones junto a numerosas sacudidas sísmicas, hicieron crecer súbitamente la isla de Faial. Un nuevo territorio se modelo a fuego volcánico en la Punta dos Capelinos durante aquellos largos días de Apocalipsis. Pasear por este desierto de cenizas ofrece el privilegio de caminar sobre una de las tierras más jóvenes del planeta, junto a los testigos mudos de aquel arrebato natural. Olvidados sobre ásperos campos de ceniza sobresalen destartalados tejados, así como un errante faro que, curiosamente, aparece hoy relegado tierra adentro. Imprescindible visitar el museo en donde se muestran fotografías cronológicas y restos de escombro volcánico, para comprender la magnitud de la metamorfosis que sufrió la isla. Tampoco faltan en todas las islas imponentes conos volcánicos que rompen por encima de las nubes, como en la de Pico. Aflorando desde el mismo océano va surgiendo la espina dorsal que, desde la propia costa, levanta el perfecto cono que ha dado nombre a la isla. La ascensión al majestuoso Pico de 2.351 metros - montaña más alta de Portugal -, ofrece una de esas vistas que jamás se olvidan, espesos mares de nubes, entre cuyos huecos puede verse el siempre presente océano, sus costas y las cercanas islas que cuelgan del horizonte. Todo ello multiplicado infinitamente, si alcanzamos la cima antes del amanecer, o durante el crepúsculo en plena mutación de luces. Cerca de tres horas de caminata por senderos que superan largas coladas petrificadas de lava, en invierno cubiertas de nieve, se necesitan para alcanzar el mejor mirador de todo el Atlántico.


 

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