Introducción
Laboratorio Volcánológico
Cráteres de Agua de Agua Dulce
Ventanas al Centro de la Tierra
La Posada de los Vientos
¡Ahí Sopla!
Guía Práctica
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Islas Azores
GUARIDA DE TEMPESTADES
Por Miguel Caselles. Fotos de Victoria Sánchez.
Se dice que son los últimos trozos de tierra
arrebatados a la mitológica Atlántida, los que consiguieron huir del océano, y los que
todavía hoy mantienen esa lucha dominados por el mar, el fuego y la actividad sísmica. A
medio camino entre dos mundos sus aguas son de paso para manadas de ballenas, y lugar de
refresco para los pasajeros del viento que se atreven con la travesía del gran océano.
Todo un espléndido y solitario paraíso
natural se esconde tras el famoso "Anticiclón de las Azores", del que tantas
veces esperamos su influencia durante el gélido invierno peninsular, y que, curiosamente,
casi nunca beneficia a los azoreños. A poco más de dos horas de vuelo desde la
península, descansa olvidado uno de los más singulares reductos de naturaleza salvaje
que le queda a la vieja Europa, en donde todavía es fácil recuperar la capacidad de
asombro. El mismo asombro que debieron sentir sus descubridores, marinos portugueses,
cuando allá por el siglo XIV arribaron a las profundas bahías de arena blanca del
litoral de Santa María, la más cercana a las costas europeas. Al igual que a la llegada
de sus primeros pobladores infinidad de colonias de aves marinas nidifican y descansan
ella. Quizá por ello dieron al archipiélago este nombre, pues posiblemente confundieron
a la gran colonia de Milhafres, con las muy parecidas y también rapaces Azores del
continente.
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