La mayoría de los que
llegan por primera vez a Austria esperan encontrar un lugar
romántico, de cuento, inundado por la historia de los Habsburgo,
unas ciudades llenas de música por todos los rincones, de
viejos cafés elegantes o de impresionantes paisajes tiroleses,
tantas veces contemplados en las famosas películas americanas.
En cierto modo la estampa es
así. Las huellas de la pareja imperial formada por Francisco
José y Sisi se encuentran por todo el país y se usan hasta la
saciedad como reclamo turístico. El país entero parece vivir
por momentos en otra época: muchos austriacos caminan por sus
ciudades como si fueran disfrazados, con sus trajes típicos,
que usan a diario en la ciudad, o en la montaña, e incluso para
ir a la ópera o al teatro. Caballeros con chaquetas “austriacas”
y sombreros de fieltro, jóvenes con pantalones cortos de peto,
mujeres con vestidos folclóricos. ..
Ni sus ciudades ni sus
gentes nos decepcionan pero descubrimos que hay otras realidades
que no se apuntan en los libros. Sorprende, por ejemplo, al
llegar por primera vez a Viena, capital moderna, europea, ese
ambiente que evoca sin remedio las ciudades de posguerra, ciudad
de los años 50, como anclada en el tiempo, con los tranvías,
con su maraña de cables atravesando toda la ciudad, y sus
aceras aún sin embaldosar. Toda la maravilla del casco antiguo
de la capital nos deja también algo desilusionados cuando
apreciamos muchos de sus edificios sin restaurar, incluidos
algunos tan importantes como la propia Catedral de San Esteban o
el mismísimo edificio de la Opera. El Danubio es otra gran
decepción: prácticamente escondido en su recorrido por la
capital, ni es azul ni tan maravilloso como la pieza de Strauss.

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Por su contra, nos alegramos
al descubrir que las ciudades no resultan tan caras si se saben
buscar los sitios adecuados, ni están tan masificadas de
turistas como se espera. Además, Viena en concreto, nos ha
sorprendido por su vitalidad, por la seguridad de sus calles,
por su gente amable y abierta. Descubrimos también con alegría
la naturalidad con que se combina la arquitectura imperial por
ejemplo, con la vida moderna. Y sobre todo cómo las figuras de
Freud, de Gustav Klimt, de Schiele o de Mozart son hoy en día
atracciones más importantes que los viejos espectáculos de los
caballos Lipizzainer de la Escuela Española de Equitación o el
Coro de los Niños Cantores de Viena.
Déjese sorprender. La
Austria de cuento existe, en su arte plagado de historia, en sus
gentes y tradiciones, en el ambiente de sus ciudades. Pero una
vez que hayan atraído su atención descubrirá otra imagen
mucho más interesante del carácter de este país, más allá
de los reclamos turísticos, en su paisaje, en sus aportaciones
culturales, en su arte, y en su actual modo de vida.
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