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Otras Entrevistas

PERDIDOS...
"En la Boca del Lobo"
Entrevista a Eduardo Bermejo y Eloy Catalán, montañeros.

Perdidos en ningún sitio

Eloy Catalán   © Victoria Sánchez

En un momento de incertidumbre consultan la brújula: - "Eloy, vamos en dirección Sur y deberíamos ir al Norte"-. Demasiado tarde, el temporal arreciaba y dar marcha atrás en busca de un camino imposible de recuperar era jugarse el tipo: - "Eduardo, el cordal de la sierra va de Este a Oeste, si seguimos en esta dirección fijo que llegamos a algún pueblo del valle" -. Totalmente perdidos, su único pensamiento era bajar, bajar, y bajar lo antes posible. Durante este temporal los termómetros de la cercana estación de la Pinilla marcaron 18º bajo cero y los vientos de cumbre alcanzaron los 100 kilómetros por hora. Cifras despiadadas para estar sin protección. Hay estudios que dicen que el viento multiplica por diez el efecto del frío y la humedad por catorce… Eduardo y Eloy sabían que habían caído en una trampa mortal en la que tendrían que luchar mucho, tanto como ellos pudieran para encontrar una salida de emergencia salvadora. Los días de enero son los más cortos del año y pronto la luz desaparece. Sin tienda ni saco de dormir, pero con la experiencia necesaria y mucha imaginación, improvisaron pequeños vivacs durante tres noches consecutivas.

Abrazados y dándose masajes calmaban la tiritona, los calambres y el miedo en espera del amanecer. Con las primeras luces del día seguían avanzando, siempre avanzando en dirección Sur, sin visibilidad, con unas temperaturas extremas y salvando los infinitos obstáculos que la zona posee. Primero sobre las heladas laderas y cortados de las zonas altas, después sobre nieve profunda y grandes arbustos y finalmente cruzando varias veces complicados cauces de río. Gracias a su excelente equipación no se quedaron por el camino. La comida de un solo día finalmente se estiró hasta cuatro y todavía guardaban como tesoro un último bocado, cuando casi anocheciendo consiguieron llegar por sus propios medios a las calles de Bocígano, un bonito y hospitalario pueblo serrano que les recibió con el primer café caliente y ropa seca.

Los chavales, dos resucitados a los que muchos ya daban por congelados, conocieron la cara más cruel de la montaña. Sucedió en una montaña aparentemente sin dificultades, pero en unos días que las condiciones climatológicas fueron las más extremas. No hay que olvidar que cien personas entre equipos de rescate y voluntarios no consiguieron dar con ellos. Eduardo y Eloy no dieron ni un solo minuto de tregua a los sentidos y al instinto de conservación. Supieron convivir con el temporal, utilizaron el miedo a su favor y finalmente encontraron la puerta de salida. Solo ellos saben el valor que tiene el abrazo de un compañero en una noche gélida que parece nunca acabar, la humildad que supone repartir cuatros higos secos para todo un día de esfuerzo y, sobre todo, el orgullo de no haberse rendido una vez traspasados los límites.


 

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