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2 de junio de 2002

GASPÉ

© Victoria Sánchez

Encaramado al atalaya del Mont Saint Alban, en el extremo oriental de la Península de Gaspé es muy fácil dejarse dominar por un paisaje imponente que se desplega por los cuatro puntos cardinales, resumiendo en un giro de 360 grados la sublime belleza de toda la región de la Gaspéssie.

Los altos montes de picos todavía muy blancos, mientras en las laderas, las torrentosas aguas del deshielo van limpiando los verdes bosques de pinos y abedules. La tierra, increiblemente roja, comienza a derramarse sobre las sendas, al fin libres del hielo invernal, y en todos los rincones de la península la vida parece sacudirse la pereza de una última siesta abriendo los ojos, y las manos, al verano que se acerca.

© Victoria Sánchez

Siete variedades de ballenas, caribúes, antas (similar al alce), ardillas, una comunidad de ciento cincuenta castores, osos negros y pardos, puerco espines, liebres, más ardillas, cormoranes, halcones, lobos marinos, pingüinos enanos, muchas gaviotas, zorros y todavía más ardillas. Estas son algunas de las variedades de animales protegidas con extremo celo dentro de los 244 kilómetros cuadrados del Parque Nacional Forillon.

Las posibilidades paisajísticas de este parque son inagotables y con la debida orientación profesional es posible asomarse por un rato a la laboriosa vida de los castores, obstinados constructores de obstáculos contra las corrientes que se apresuran por ganar las aguas del Golfo de San Lorenzo, esos ríos y arroyos son todo un desafío para una comunidad que todavía lucha por recuperarse luego de haber estado al límite de la extinción. Dentro de un perímetro llamativamente estrecho es posible también avistar el elegante vuelo de los halcones, el torpe andar de los pingüinos y hasta el receloso movimiento de una osa negra con sus dos pequeños oseznos.

© Victoria Sánchez

Bajo los altos acantilados, sobre los guijarros de una playas inaccesibles, las focas y lobos marinos comienzan con las primeras danzas de seducción que servirán para que los machos mas fuertes ganen los derechos de apareamiento con las hembras que dedicarán el verano a parir crías y comer suficiente para soportar la escasés de las heladas aguas del Atlántico Norte.

Aunque en realidad el principal centro de atracción de esta bahía en los meses de mayo y junio son y serán las muchas ballenas de especies bien diferentes y variadas, desde cualquiera de las pequeños puertos es posible integrarse a alguna de las excursiones que logran acercarse a muy pocos metros de los cetáceos que se alimentan, juegan y descansan indiferentes sabiendose a salvo en este, uno de los sitios con mayores medidas de protección hacia los gigantes del océano.

© Victoria Sánchez

Las sendas de todos los parques nacionales de Canadá conducen al caminante hacia las entrañas mismas de la naturaleza en el mas puro de sus estados. Remontar las huellas todavía cubiertas de nieve puede resultar a un tiempo muy divertido y fisicamente exigente pero el premio por alcanzar cualquiera de los puntos panorámicos o las cumbres mismas de los montes recompenza por todos los esfuerzos, no solo por la mágica vista de los paisajes, sino por la paz con que éstos se cuelan hasta el alma, especialmente en estos días donde casi no hay turistas por la región.

Pero dentro de este muy cuidado sector de la provincia de Quebéc los paisajes variados y sorprendentes comparten la atención con los centros históricos, recreando edificaciones y cementerios de los primeros pescadores llegados a estas costas a principio del siglo XIX, y un par de poblados en los que se respeta el estilo edilicio de las colonias francesas; de donde también heredaron los símbolos de un catolicismo siempre presente.

© Victoria Sánchez

Un poco más hacia el centro de la península, siguiendo los maravillosos caminos costeros, donde los pueblitos de pescadores se escalonan como las cuentas de un rosario, se llega al Parque de la Gaspéssie. El paraíso de los salmones negros.

La migración del salmón, que regresa de las heladas aguas del Artico, esconde todavía un misterio para los estudiosos de la naturaleza, y alcanza el nivel de espectáculo cuando los peces, ya adultos, remontan las torrentosas aguas de los ríos superando cascadas y depredadores hasta alcanzar un sitio específico donde, en el último esfuerzo de sus vidas, dejarán los huevos marcando el reinicio de un ciclo inalterado durante miles de años.

© Victoria Sánchez

En tanto los salmones se adueñan de los ríos, las laderas de las montañas son dominio de los caribúes, que también utilizan esta región en sus grandes marchas migratorias. En primavera cuando ganan los territorios abandonados por las nieves invernales, para cumplir ellos también su período reproductivo, y en otoño cuando se repliegan sobre los campos al sur en busca de alimento y un clima menos hostíl.

Si queréis contactar con Pablo Zabaleta y Hélène Szabo y mandarle algún mensaje de animo este será su correo durante el viaje america@tierratragame.es

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