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2 de junio de 2002
GASPÉ
Encaramado al atalaya
del Mont Saint Alban, en el extremo oriental de la Península de
Gaspé es muy fácil dejarse dominar por un paisaje imponente que se
desplega por los cuatro puntos cardinales, resumiendo en un giro de
360 grados la sublime belleza de toda la región de la Gaspéssie.
Los altos montes de
picos todavía muy blancos, mientras en las laderas, las torrentosas
aguas del deshielo van limpiando los verdes bosques de pinos y
abedules. La tierra, increiblemente roja, comienza a derramarse sobre
las sendas, al fin libres del hielo invernal, y en todos los rincones
de la península la vida parece sacudirse la pereza de una última
siesta abriendo los ojos, y las manos, al verano que se acerca.
Siete variedades de
ballenas, caribúes, antas (similar al alce), ardillas, una comunidad
de ciento cincuenta castores, osos negros y pardos, puerco espines,
liebres, más ardillas, cormoranes, halcones, lobos marinos,
pingüinos enanos, muchas gaviotas, zorros y todavía más ardillas.
Estas son algunas de las variedades de animales protegidas con extremo
celo dentro de los 244 kilómetros cuadrados del Parque Nacional
Forillon.
Las posibilidades
paisajísticas de este parque son inagotables y con la debida
orientación profesional es posible asomarse por un rato a la
laboriosa vida de los castores, obstinados constructores de
obstáculos contra las corrientes que se apresuran por ganar las aguas
del Golfo de San Lorenzo, esos ríos y arroyos son todo un desafío
para una comunidad que todavía lucha por recuperarse luego de haber
estado al límite de la extinción. Dentro de un perímetro
llamativamente estrecho es posible también avistar el elegante vuelo
de los halcones, el torpe andar de los pingüinos y hasta el receloso
movimiento de una osa negra con sus dos pequeños oseznos.
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Bajo los altos
acantilados, sobre los guijarros de una playas inaccesibles, las focas
y lobos marinos comienzan con las primeras danzas de seducción que
servirán para que los machos mas fuertes ganen los derechos de
apareamiento con las hembras que dedicarán el verano a parir crías y
comer suficiente para soportar la escasés de las heladas aguas del
Atlántico Norte.
Aunque en realidad el
principal centro de atracción de esta bahía en los meses de mayo y
junio son y serán las muchas ballenas de especies bien diferentes y
variadas, desde cualquiera de las pequeños puertos es posible
integrarse a alguna de las excursiones que logran acercarse a muy
pocos metros de los cetáceos que se alimentan, juegan y descansan
indiferentes sabiendose a salvo en este, uno de los sitios con mayores
medidas de protección hacia los gigantes del océano.
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Las sendas de todos
los parques nacionales de Canadá conducen al caminante hacia las
entrañas mismas de la naturaleza en el mas puro de sus estados.
Remontar las huellas todavía cubiertas de nieve puede resultar a un
tiempo muy divertido y fisicamente exigente pero el premio por
alcanzar cualquiera de los puntos panorámicos o las cumbres mismas de
los montes recompenza por todos los esfuerzos, no solo por la mágica
vista de los paisajes, sino por la paz con que éstos se cuelan hasta
el alma, especialmente en estos días donde casi no hay turistas por
la región.
Pero dentro de este
muy cuidado sector de la provincia de Quebéc los paisajes variados y
sorprendentes comparten la atención con los centros históricos,
recreando edificaciones y cementerios de los primeros pescadores
llegados a estas costas a principio del siglo XIX, y un par de
poblados en los que se respeta el estilo edilicio de las colonias
francesas; de donde también heredaron los símbolos de un catolicismo
siempre presente.
Un poco más hacia el
centro de la península, siguiendo los maravillosos caminos costeros,
donde los pueblitos de pescadores se escalonan como las cuentas de un
rosario, se llega al Parque de la Gaspéssie. El paraíso de los
salmones negros.
La migración del
salmón, que regresa de las heladas aguas del Artico, esconde todavía
un misterio para los estudiosos de la naturaleza, y alcanza el nivel
de espectáculo cuando los peces, ya adultos, remontan las torrentosas
aguas de los ríos superando cascadas y depredadores hasta alcanzar un
sitio específico donde, en el último esfuerzo de sus vidas, dejarán
los huevos marcando el reinicio de un ciclo inalterado durante miles
de años.
En tanto los salmones
se adueñan de los ríos, las laderas de las montañas son dominio de
los caribúes, que también utilizan esta región en sus grandes
marchas migratorias. En primavera cuando ganan los territorios
abandonados por las nieves invernales, para cumplir ellos también su
período reproductivo, y en otoño cuando se repliegan sobre los
campos al sur en busca de alimento y un clima menos hostíl.
Si queréis contactar
con Pablo Zabaleta y Hélène Szabo
y mandarle algún mensaje de animo este será su
correo durante el viaje america@tierratragame.es
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