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9 de mayo de 2002
POR TORONTO
Orgullosa de su
diversidad. Así es como Toronto logra diferenciarse de otras muchas
ciudades cosmopolitas de todo el mundo, y no es poco porque más del
cuarenta por ciento de los habitantes de este y los más importantes
centros urbanos de Canadá son inmigrantes. Gentes que sin haber
nacido en el país lo han elegido como residencia de sus sueños y
esperanzas.
Y esas estadísticas
no pueden ser casualidad, sobre todo si uno tiene la oportunidad de
saborear el espíritu receptivo de la ciudad que no tiene empachos en
exhibir sus mejores ofertas casi como una invitación a quedarse, y
dije saborear porque ese espíritu es un verdadero alimento de vida.
Tres barrios chinos
uno latino, mezquitas, iglesias católicas, protestantes o judías son
quizá los puntos más salientes de los credos y nacionalidades
foráneas afincadas aquí, pero la mayoría de los inmigrantes toman
tranquilos el metro y se integran sin inconvenientes a la diversidad
de una ciudad orgullosa de poder alimentar ese espíritu fraterno que
invade a cualquier viajero cuando está lejos de su tierra.
Pero Toronto sufre
también algunos de los males característicos de gran ciudad, y a
pocas calles del Downtown, donde enormes rascacielos albergan las
oficinas de los bancos y empresas mas importantes de Canadá, una
pequeña villa da casas de cartón y plástico sirve como último
refugio a varias familias indigentes que se debaten entre la
generosidad, de quienes dejan caer una limosna en el viejo sombrero, y
las aguas de un lago cada vez más contaminado, cada vez más frío en
los largos inviernos de nieve y viento.
Y el contraste se da
también en los umbrales de las grandes avenidas, donde algunos de
indígenas, acaso los auténticos dueños de esta tierra, duermen ente
trapos viejos y diarios nuevos sus últimos sueños de cigarrillos y
alcohol, desparramados sobre veredas y jardines en los que el gobierno
de la ciudad ha gastado miles de dólares para embellecerlos antes de
la primavera, mientras ellos cuentan sólo con unos pocos centavos
para sobrevivir al día, que es todo lo que les queda.
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Queens Street marca
su propia personalidad, allí la ciudad se desdobla como sobre una
visagra, se acaban de repente los grandes edificios para dar paso a
los barrios burgueses de casas espaciosas y espaciadas entre ellas.
Pero la calle reina sobre la ciudad desde sus comercios ataviados de
todos los colores imaginables, allí las artes pertenecen a las calles
y a la gente que las transita. Un árbol que ha muerto de pié sobre
la vereda fué convertido en símbolo de color y escultura antes de
que las autoridades pudieran disponer su reemplazo por un ejemplar
más vigoroso. Con claras reminiscencias de los años locos, los
comercios de estilo hippie se codean con las grandes tiendas de ropa
interior para señoras, y los puestos chinos de pescado seco y arroz
generoso.
Algunos creen que
para ver de verdad a Toronto hay que subirse a lo más alto de la
Torre CN que es la imagen característica en cualquier postal de la
ciudad, desde donde quiera que uno mire. Desde esa cima se ve con
claridad toda la gama de barrios que conforman la capital sin
graduación del Canadá, y algunas otras pequeñas ciudades que se han
ido fundiendo a lo largo de la costa noroccidental del Gran Lago
Ontario. En un día claro se ve, además, la estela de agua vaporizada
que, al otro lado del lago, se levanta justo sobre las cataratas del
Niágara.
Mientras tanto otros
se conforman con tirarse sobre el pasto en la isla de Toronto,
disfrutar de una comida al aire libre, los juegos en los parques y, si
acaso los niños lo exigen, subirse a las atracciones de un centro de
esparcimiento emplazado estratégicamente lejos de los dos barrios de
residentes con que cuenta la isla.
Metida dentro del
lago, esta isla fue elegida como residencia de verano por algunas
familias enriquecidas a principios del siglo pasado, con las décadas
vinieron las nuevas ideas y otro tipo de gente se fue instalando en la
isla, hasta que cuando hace cincuenta años el gobierno quiso declarar
el sitio parque natural y prohibir su utilización como residencia ya
habían allí tantas familias que debieron concederles permisos
especiales para continuar allí a cambio de apoyar en la protección
del parque provincial.
Sólo unos pocos
vehículos, casi siempre eléctricos, están autorizados a circular
por esta isla, y sólo porque deben prestar servicios a los residentes
o a la isla misma.
Las bicicletas son el
medio de transporte más importante en este lugar, y deben compartir
las angostas calles con caminantes y patinadores. Las casas muestran
sin disimulo la simpatía que todos los residentes sienten por la
naturaleza y el cuidado del medio ambiente. Una bicicleta, con su vida
útil buenamente cumplida, es ahora el sostén de una planta
enredadera que comienza a despertar de su letargo invernal. En los
árboles, colgadas las fotos de unos árboles con fotos de fotos en
más árboles. Ya nadie recuerda que había en las fotos originales,
pero todos creen que son bellas las fotos de árboles con fotos.
Todos los rincones de
esta isla tienen una característica sustancialmente diferente del
resto, pero los rascacielos y la omnipresente torre CN, como telón de
fondo, los unifica y les devuelve a su misión de colaborar en
sostener esa diversidad que enorgullece a la ciudad.
Si queréis contactar
con Pablo Zabaleta y Hélène Szabo
y mandarle algún mensaje de animo este será su
correo durante el viaje america@tierratragame.es
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