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1 de septiembre de
2001
RUMBO A SINGAPUR
Gran Bretaña y Gales
Menudo cambio, ir
en avión es rápido y cómodo, pero no te da tiempo a asimilar los
cambios. De 40 grados a los 20 en cuestión de horas. Otro idioma,
otra cultura, otra alimentación y, además, hay que acostumbrarse a
conducir por la izquierda... No me siento cómodo con esta manera de
viajar. Nada mas bajar del avión, cuando estaba montando la bici en
la calle, veo una morenaza vestida de cordobesa... ¿me habré
equivocado de avión y estaré en casa?... No, resulta ser una azafata
de Iberia que me ayuda, en español, a sobrevivir en el galimatías
que supone la salida y la entrada a Londres.
Cuando estaba a
punto de montar en la bici, veo que la llanta trasera de mi rueda
tiene cinco grietas y dos radios rotos... Parece que a mi compañera
de viaje tampoco le sienta bien el avión. Tras15 kilómetros, cerca
del centro, la bici se parte negándose a continuar. No me enfado
demasiado, ya la arreglaré, ahora pensioncilla y a turistear. Los
B&B (cama y desayuno) típicos, donde duermes y desayunas, son un
encanto. Dicen que esta gente desayuna a lo bestia y así me lo
pareció, pero cuando vieron mi manera detragar se quedaron
alucinados. Eso si, los precios son a tono con el servicio, claro.
Londres es una
ciudad increíble, multiracial, cosmopolita, turística y animada
donde unos pocos rayos de sol son seguidos en los parques por cientos
de personas. Pero a mi esta ciudad se me atragantó, y nunca mejor
dicho. La misma noche de mi llegada y tras haber cenado en un burger,
unos bichitos intestinales hicieron su agosto conmigo. El resultado
fueron dos días en cama con fiebre y vomitando. Que paradoja el haber
comido y bebido de todo en esos pueblos donde la calidad es
cuestionable y vengo a enfermar en Londres. Paciencia y a recuperarme.
Visito todo lo
visitable, que es mucho, alucino con la gigantesca noria que han
levantado sobre el Támesis con capacidad para cienes de personas.
Curiosamente lleva
el mismo sistema que las ruedas de una bici, un buje y radios
cruzados... Mientras giro dentro de ella rezo para que no se parta
como la mía, que por cierto me espera en un taller dispuesta de nuevo
para la acción.
Pedalear por Gran
Bretaña, por sus carreteras comarcales, es no ver nada y jugártela
de continuo. Primero por los setos de altura considerable que dividen
las tierras, y lo segundo por la inexistencia de arcén, no dejan
sitio ni para una línea pintada Si a eso se le suma la estrechez de
la carretera y el circular al revés del resto del mundo, el miedo que
se pasa es de película de serie B. Menos mal que los conductores son
prudentes y respetuosos con el ciclista.
Este es un país
bonito para pedalear por el clima y por la orografía, pero aburrido.
Cuando ves tres pueblos los has visto todos. Solo los castillos
entretienen las horas de pedaleo y hacen que mi imaginación se
traslade a la época de los caballeros y las princesas.
También quiero
visitar Irlanda y para eso tengo que cruzar Gales y sus montañas,
pero para evitarlas tiro por la costa norte, por chester, cerca de
Liberpool. El clima por esta altitud es muy fresco, amanece
tempranisimo, sobre las cinco, pero el sol (desnatado) no calienta
nada, así que tuve que darle caña para entrar en calor. Llevo días
sin sudar. Me encuentro poca gente por las calles y las playas, y eso
que es una zona turística, pero como a las seis de la tarde todo
cierra y la gente se mete en sus casas, el contacto con este pueblo es
mínimo. Un rollo.
En un pueblo
costero precioso llamado Bangor, sobre las cuatro de la madrugada y
mientras dormía plácidamente en la playa, cuatro tíos me empezaron
a gritar y a tirar piedras, con bastante puntería... Por lo que pude
entender no querían ver gente como yo por allí. Harto de tanto
capullo orgulloso de beber muchas pintas de cerveza, en gallumbos y
navaja en mano, salí detrás de ellos. Quería expresarles lo que
opinaba de su manera de divertirse... La verdad es que ni la gente ni
las autoridades me hicieron sentir nunca cómodo en este país. Solo
unos motoristas, auténticos macarras de las dos ruedas, se acercaron
para charlar conmigo. Risas y buen royo.
Resulta que eran
irlandeses y me animaron a visitar su país. Ojalá sean todos así.
Mi destino es Holihead, un pueblo perdido en el mapa,desde donde sale
el ferrys hacia Dublín. El barco es un catamarán gigante, todo
velocidad y lujo para llevarme a mi nuevo destino, del que ya os
contaré...
Saluditos
Carlos Cordero
ccordero@tierratragame.es
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